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Por primera vez, este verano…

primera vez
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A principios de julio de este año, decidí cerrar el blog y el correo de suscripción durante el verano y por primera vez en muchos años.
Una decisión nada fácil después de haberme propuesto publicar, en ambos sitios, una vez por semana sin parar durante todo 2021.
Era un reto a mí misma porque siempre he sufrido de cierta inconstancia y ponerme seria, «profesional» (dirían por ahí) para publicar —sin falta— y enviar correos —sin falta—, me hacía sentir que me acercaba al éxito que tanto quiero alcanzar.
Tú sabes, por eso de que más contenido es igual a más seguidores y toda esa paja mental que hoy en día nos venden a través de las redes sociales; que más que motivarnos, lo que hacen es ahogarnos.
Y ese fue mi caso.

Dicen que siempre hay una primera vez para todo y esa fue esa vez para mí porque sentía que había pasado de ser escritora y amar mi trabajo, a sentirme obligada a escribir novelas, y forzada a dar contenido que no me estaba haciendo más conocida, no me estaba dando más seguidores y tampoco me estaba ayudando con las ventas.

Necesitaba un cambio.
Uno que me ayudara a ver qué diablos estaba pasando en mi cabeza porque estaba claro que me estaba quemando exigiéndome cada vez más.
Más contenido, más presencia en redes, más de esto, más de aquello; publicar libros con más frecuencia, escribir miles de palabras al día y un largo etcétera que me robaba energía, paz mental y momentos con mi familia.
Lo último fue lo que me hizo pensar en que si a ese momento del año no había conseguido ni siquiera acercarme a las metas del año, ¡¿qué me hacía pensar que, en agosto, el mes en el que la mayor parte del mundo se detiene, iba a poder alcanzarlo?!
Sí, son preguntas existenciales muy importantes que te hacen parar y ver qué estás haciendo bien y qué no.

Y fue cuando me dije:
—Stefi, al diablo la constancia, las metas y todo lo demás porque no estás disfrutando de escribir, ya no está siendo divertido y más importante aún, no estás disfrutando de la vida contigo misma y con los demás.

Porque no se trata solo de crear momentos con otros. También es muy importante crear momentos contigo mismo, esos momentos en los que reflexionas, piensas, descubres, y te conoces más; porque a la velocidad que vivimos hoy en día, no cambiamos de una década a otra.
Ni siquiera de un años a otro. No.
Estoy fielmente convencida de que cambiamos de una semana a otra. Como cambian las colecciones de ropa en las tiendas para hacerte sentir inconforme con lo que tienes y siempre querer más.
Ojo, no me mal intérpretes que querer más está bien y yo siempre seré partidaria de eso pero una cosa es querer más siendo feliz y en armonía con tu vida y tu entorno; y otra es querer más machacándote porque nunca es suficiente con lo que haces, porque crees que no estás haciendo las cosas bien.

Así que, aunque me aterraba el resultado de esa acción, paré.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, me di mi espacio porque quería entender qué pasaba conmigo y mis ganas de seguir, de crear, de escribir.

Aterrada y todo.
Sí, me aterraba porque nunca antes había decidido parar con esa convicción y porque, como trabajo desde casa y lo hago todo yo sola, me es era impensable «parar».
Y aunque surgían muchas preguntas del tipo: ¿qué va a pasar con las ventas? ¿Y si mis lectores se van? ¿Y si luego no me dan más ganas de escribir?
Había una pregunta que siempre brillaba más y era:
¿En dónde estaba todo eso que siempre me mantenía ilusionada y motivada?
En eso era que tenía que poner mi foco.

No fue fácil desconectarme. No conseguí hacerlo al completo porque estar en casa sin hacer nada no es lo mío.
Y tampoco soy de las amas de casa que siempre están limpiando.

Si me conoces, sabes que trato de mantener mi casa limpia y ordenada para no tener que ser esclava de la limpieza.
Menos en vacaciones, viviendo tan cerca de la playa y con todo el mundo en casa.

Decidí concentrar mi energía en mejorar cosas en mí, en mi espacio de trabajo, y diseñar.
Por primera vez en laaaargo tiempo, me mantuve ocupada sin ser exigente. Sin un horario y sin presiones de metas.
Incluso, hubo algunos días en los que mi ordenador nunca llegó a encenderse.

Y después de esto, decidí que en Navidad también haré una desconexión completa y por primera vez, porque Navidad para mí es sinónimo de trabajar más ya que siento que la gente consume más. Como ves, no son más que excusas y lo bueno es que ya sé identificarlas ji ji ji

Alejandro conoce a una medusa por primera vez.

Tenemos casi siete años viviendo en Málaga y solemos ir a la playa en verano.

No vamos todos los días porque al tener la piscina en la urbanización, pues siempre es más cómodo bajar con una toalla y el bañador a la piscina que preparar todo lo que hay que preparar para ir a la playa.
Sin embargo, muchas veces sí nos dedicamos a planificar almuerzos en la playa ya que es la hora en la que se libera de gente (no nos gustan las aglomeraciones y menos en época de Covid)

Preparar sándwiches y botellas de agua, la sombrilla, el bolso con la toallas, protector solar y demás para pasar una tarde divertida en la playa fue el plan del miércoles 11 de agosto cuando viajamos a Torrox.
La idea era visitar el museo que tienen en la casa del faro, ya hemos ido antes pero Camila era más pequeña y no recordaba de lo que se expone en el museo. 

por primera vez

Queríamos ir para que lo viera pero, claro, es verano y el museo tenía un horario especial por lo que lo encontramos cerrados.
Quizá eso era una señal de que debíamos marcharnos de la playa para evitar lo que ocurriría unas horas más tarde cuando nos instalamos en un rincón de la playa para disfrutar del resto de la tarde.
Mi esposo y Camila se bañaban en el mar cuando decidí acercarme a ellos para jugar con la pelota. Yo no quería bañarme porque el agua estaba helada, y me mantuve en la orilla.

En algún momento, mi esposo se adentró más en el agua alejándose de la orilla. La niña y yo seguíamos en nuestros puestos, cuando le escuchamos a él decir:
—¡Algo me mordió!

Yo no puedo decirte todo lo que se me pasó por la mente cuando le escuché decir eso, sobre todo después de ver La semana del tiburón en National Geographic ja ja ja ja ja ja
Nunca he sido fan del mar en el que no puedo verme los pies porque no puedo ver que hay a mí alrededor.
No estoy en mi habitad y no me siento segura.
Así que mi mente —muy gráfica y exagerada— se imaginó cualquier cosa cuando le escuché decir eso.
La niña ya estaba afuera en ese momento, viendo a su papá con miedo y yo cada vez me acercaba más a la orilla porque veía que Alejandro, mi esposo, se acercaba más a mí.
Cuando por fin empezó a salir, me llevé un alivio enorme al constatar que tenía las piernas completas y que no había sangre por ningún lado.
Yo pensando en tiburones cuando hay algo que acecha en el mar aquí cada verano y son: las medusas; a las que le tango tanto miedo como a los tiburones.
No sabemos en dónde estaba la medusa ni qué tan grande era porque ese día no había banderas de alerta ni rumores de presencia de ellas en las costas cercanas.
Alejandro tuvo suerte de que a él a penas le tocaran dos rayas en la parte interna del muslo, lo atendieron en el módulo de enfermería de la playa al momento, colocándole una pomada para aliviar el ardor y con eso, quedó concluido nuestro día de playa porque Camila tuvo miedo de entrar al agua de nuevo —con toda razón—, y Alejandro no podía recibir más sol ni agua de mar por ese día.

Unos días más tarde, aun con dolor en la zona afectada, decidimos volver para visitar el museo en el horario correcto.

Camila no estaba convencida de entrar al agua de nuevo porque temía por más medusas.
Conversamos con ella y la animamos a que, después del museo, que se recorre en cinco minutos, se animara a entrar al agua un poco.
Tuvimos mucho a nuestro favor: hacía un calor insoportable y había mucha gente en el agua; Camila confió en ella, y superó ese miedo que le daba entrar de nuevo al mar.
No volvimos después de eso a la playa porque empezaron los alertas serios de medusas en la costa y era mejor no correr más riesgos, con una picadura en casa era más que suficiente por este verano.

Una visita en familia por primera vez…

Fuimos a La cueva del tesoro, una de las tres cuevas de origen marino que hay en el mundo.
Sí, tenemos todos estos años viviendo a escasos cinco minutos del sitio y nunca habíamos ido por una razón u otra. Pero este verano lo hicimos y qué bien nos la pasamos.
El lugar es increíble aunque en las fotos poco puede apreciarse.

Un verano lleno de primeras veces,

experiencias, reflexiones y momentos inolvidables.

La primera vez que tenemos un encuentro cercano con una medusa en todos los veranos que llevamos en España.
La primera vez que, en nueve años, que decido parar y no presionarme para disfrutar del verano y encontrarme.
La primera vez que Camila tiene el poder de enfrentarse a un miedo y vencerlo por decisión propia.
La primera vez en el que pusimos un pie dentro de las cuevas.

¿Cuál fue tu aventura de este verano?

¿Tienes alguna anécdota especial —de primera vez o no— que quieras compartir conmigo y con el resto de la comunidad?

Te leemos en los comentarios.

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