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El concilio de los dioses. Abélard y Sofía. Capítulo 1

el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 1

     Abélard abrió los ojos con pesadez.
     Cada vez que intentaba parpadear, su cabeza se lo reclamaba con una intensa punzada que lo doblegaba.
     Y, además, algo en su garganta le incomodaba.
     ¿Qué era?
     Intentó tocarse allí, en donde sentía la incomodidad, pero entonces, se percató de que no estaba siendo capaz de elevar el brazo a pesar de que le daba la orden desde su cabeza.
     Que seguía martillándole con un dolor insoportable.
     Tragó saliva con mucha dificultad, o eso quiso, porque no había producción de la misma en el interior de su boca que la sentía seca, rústica, pastosa.
     Abrió los ojos por completo, arrepintiéndose al instante; la luz encima de su cabeza lo cegó magistralmente.
     Cerró los ojos.
     Sus sentidos le permitieron darse cuenta de que estaba en un lugar que no reconocía.
     Escuchaba susurros.
     Movimientos lejanos de gente que iba y venía.
     Tenía frío.
     Necesitaba agua.
     Un pitido le hizo centrarse de nuevo en lo que percibía.
     ¿Qué era ese pitido?
     Bip. Bip.
     Era constante.
     Concentrado en el sonido, dejó que ciertas imágenes le llegaran a la mente.
     Imágenes que dispararon su angustia.
     El pitido empezó a hacerse más veloz.
     Quería respirar una gran bocanada de aire para calmarse y no podía.
     ¡Maldita sea!
     ¿Qué tenía en la boca que no…?
     Y allí, de pronto, la imagen del coche impactando contra un árbol y luego cayendo al vació, le aceleró el pulso haciendo que el dolor de cabeza fuese tan insoportable que…
     —Annette, necesito ayuda. El paciente de la 314 está despierto y sigue entubado, se está alterando.
     Gente que corría.
     Paciente.
     ¿Él era el paciente?
     Movió las manos.
     ¡Por fin conseguía mover algo!
     Abrió los ojos y se encontró con los de una enfermera que le sonreía con amabilidad.
     ¿Por qué se sentía tan confundido?
     La mujer le decía algo.-
     Pero no conseguía escuchar…
     Estaba mareado.
     Una niebla oscura y densa envolvió todo el espacio en el que se encontraba, enviándolo a una oscuridad absoluta en la que pudo tomar la maldita bocanada de aire que tanto necesitaba y así poder empezar a calmarse.

***

     —Abélard, buenos días.
     —Buenos días, Giselle —Abélard vio a la enfermera con tranquilidad.
     —¿Qué tal estás hoy?
     —Mucho mejor. El hecho de que ya no suenen las máquinas en mi entorno como hace dos días y que haya comido, ha sido bueno para mi salud —se puso una mano en el pecho viendo con sorna a la enfermera—; aunque para ser franco, la comida del hospital es terrible.
La mujer rio complacida.
      —Nadie te va a discutir ese punto —confirmó mientras tomaba nota en una carpeta que agarró a los pies de la cama de Abélard. Cuando finalizó, la cerró y la dejó en su lugar de nuevo—. Pronto podrás irte a casa, deberás seguir las órdenes del médico, sin embargo, podrás comer mejor.
Abélard asintió serio, recordando las imágenes en su cabeza que no dejaban de aparecer para recordarle que estaba vivo de milagro.
     —¿Sigues sin recordar si hay alguien a quien quieres que llamemos?
     Abélard arrugó la frente mientras la duda se apoderaba por completo de él.
     —Me temo que sigo igual.
     La enfermera lo vio con pesar.
     —Escucha, me tocan tres días de descanso y tal vez, para cuando regrese, ya no estés porque tu cuerpo sana rápidamente y no hay motivos por los cuales seguir teniéndote aquí —apuntó algo en un papel que se sacó del bolsillo del uniforme—. Podrías necesitar ayuda cuando estés en casa, así que aquí está mi teléfono —le enseñó el papel que metió luego en una bolsa con otras cosas—. Llámame si lo necesitas. ¿Está claro?
     Abélard asintió.
     —¿Esas son mis cosas? —señaló a la bolsa que la mujer había sacado de un armario.
     —Sí, bueno, lo que queda de ellas. La ropa la tiramos porque estaba mojada y tuvimos que cortarla para poder atenderte en las heridas que tenías en el pecho, pero ahí —señaló la bolsa— por algún milagro divino, supongo que el mismo que te salvo la vida, está tu billetera intacta y un móvil que no creo que haya sobrevivido al hundimiento del coche, de todas maneras, es tuyo y debes decidir tú qué hacer con él.
     —Pero veo ropa allí.
     Ella le sonrió con simpatía.
     —La dejé yo. Es de mi hijo que es más o menos de tu talla. No tienes nada. Y no iba a dejar que te fueras de aquí exhibiendo ese trasero de infarto que tienes.
     Abélard, por primera vez en su vida, se sonrojó considerablemente.
     Luego frunció el ceño
     ¿Primera vez que se sonrojaba? ¿Cómo sabía que era la primera vez si…?
     Intentó hacer memoria y no consiguió nada más que el accidente.
     La enfermera ahora lo veía con preocupación. Se acercó a él para inspeccionarlo.
     —¿Qué ocurre?
     —Es que es muy frustrante no recordar cosas de antes del accidente ¿Es normal?
     Ella asintió con pesar.
     —Te recomiendo lo tomes con calma, tuviste un traumatismo craneal y aunque físicamente te recuperas de maravilla, emocionalmente podrías tardar.
Abélard se recostó en la cama.
     —¿Qué me recomiendas que haga para sentir que todo vuelve a la normalidad? Porque siento que, ahora, nada es normal y, a la vez, todo me resulta familiar. ¿Estoy enloqueciendo?
     La enfermera sonrió a medias.
     —No. No eres el primer paciente que veo así en mis 25 años como enfermera y mi mejor recomendación va de la mano con lo que te diga el médico. Haz cada una de las pruebas que te digan que debes hacer, no faltes a tus consultas y ten paciencia.
Abélard asintió.
     —Gracias, será lo que haré.
     —¡Oh! Y vuelve a dejarte a crecer el pelo —lo vio divertida—. No soy fan de los hombres con el cabello largo, para mí un hombre tiene que ser hombre, soy de la vieja escuela, ya sabes, pero en tu caso, con esa barba y sin pelo…
     Abélard arrugó la frente de nuevo, una expresión que era muy común en él últimamente.
     Se llevó la mano a la cabeza recordando que, es mañana cuando otra enfermera le ayudó a asearse en la ducha, le protegió la cabeza con un gorro de plástico.
     El baño no tenía espejos, así que no pudo ver su imagen.
     Una que no recordaba de antes tampoco. Al igual que el resto de su memoria que parecía que la habían reseteado por completo.
      —Tampoco recuerdo cómo lucía antes del accidente.
      —Bueno, ojalá pudiera decírtelo porque no quiero es recordar cómo es que llegaste aquí —Giselle no pudo ocultar su mirada de angustia al recordar a Abélard ensangrentado con heridas espantosas en la cabeza, rostro y pecho—. Ahora estás mucho más guapo —le sonrió divertida—; en fin, Abélard Le Brun, si no nos vemos de nuevo, espero que todo te salga bien.
     —Gracias, Giselle, has sido muy buena conmigo. Te llamaré, aunque no necesite tu ayuda —levantó el hombro—. Solo para saber cómo estás.
     La mujer asintió compasiva y luego salió de la habitación, dejando a Abélard sumido en las miles de preguntas que tenía en su cabeza desde que despertó.
     Dejó escapar el aire apoyando la cabeza en la almohada.
     No se sentía preocupado por nada de lo que no recordaba.
     Confundido, sí. Porque sabía que ahí, en el fondo, estaban todas las respuestas a sus preguntas y a pesar de que quería encontrarlas, también algo en su interior le decía que, por su bien, era mejor dejar todo como estaba y empezar de cero.

 

***

     Sofía León había nacido en Valencia hacía 30 años y era una mujer que no creía en milagros ni en poderes divinos. Para ella, los poderes místicos no eran más que una estafa con la que muchos charlatanes se ganaban la vida.
     Quizá era así porque creció dentro de una familia muy religiosa, que asistía sin faltas todos los domingos a misa y que le pedían a Dios por el alimento de cada día.
     Sí, algunas veces los rezos funcionaron; pero, durante gran parte de su vida, vio cómo su madre le pedía a cuanto Santo conocía para que su padre obtuviera un empleo digno que los sacara de la miseria en la que vivían.
     Pedía por un milagro cuando lo que necesitaba era un marido más dispuesto a enfrentarse a la vida.
     Incluso su madre, en vez de rezar y esperar sentada, quizá todo habría sido diferente si esta hubiese tomado acción para salir adelante por ella y sus hijas, por lo menos.
      Esas «acciones» solo llegaron en forma de muerte y tristeza para ella y su hermana cuando su padre murió repentinamente y su madre decidió seguirlo por voluntad propia.
     Un tanto irónica la situación porque cuando por fin la mujer tomaba acción, lo hacía de la peor manera y aun sabiendo que su propia religión la condenaba por quitarse la vida.
     Cosas que nunca entendería y que ya no quería intentar entender.
     Alicia y ella tuvieron que tomar acción de verdad, sin pedirle a los Santos, Dios o cualquier otra deidad mágica mientras se sentaban a esperar a que las cosas ocurrieran.
     Sofía creía en eso, tomar acción para conseguir cosas porque estaba demostrado científicamente que nada caía del cielo y nadie regalaba nada sin pedir algo a cambio.
     Ella y su hermana consiguieron salir adelante con mucho esfuerzo, apoyándose; convirtiéndose en mujeres exitosas con una carrera universitaria e independientes.
     Sofía era periodista, trabajaba para un importante periódico de la ciudad. Cubría la sección de eventos, así que, además, se codeaba con gente importante y, con frecuencia, le tocaba viajar dentro de la comunidad Valenciana para cubrir algún evento importante.
     Algunas veces también viajaba al exterior. Sobre todo cuando recibían invitaciones a eventos que no se podían dejar pasar.
     Le encantaba su trabajo y aún más, le encantaba el sustento que le proporcionaba. Se había mudado a un piso en una buena zona de la ciudad y lo había decorado de forma sencilla.
     No era una mujer derrochadora.
     A veces se daba algún lujo, como viajar a algún otro país. Pero trataba, en lo posible, de no gastar más de lo necesario.
     Mucho aprendió de la época de austeridad con y sin sus padres, y a pesar de que era partidaria de que «lo bueno hay que disfrutarlo», también sabía que ahorrar dinero le «ahorraba» dolores de cabeza futuros.
     Esa mañana se levantó con mucha energía.
     Como siempre, a las 6:00 a.m. ya estaba de pie, preparando un té que tomaba con calma mientras escribía, en un diario, sus intenciones del día y aquellas cosas que le atormentaban de vez en cuando.
     Como los recuerdos del pasado con su familia.
     La tóxica relación con César que aun después de un año de haberla terminado, le carcomía por haber sido demasiado tonta y permitirle demasiado al imbécil.
     Después lavó la taza, se cambió y empezó a hacer su rutina de Pilates.
     Estaba suscrita a un programa mensual de ejercicios online que le daba la tranquilidad de poder estar en forma, saludable, sin tener que ir a un gimnasio que era lo que más odiaba de tener que hacer ejercicios.
     Después de cumplir los 45 minutos que correspondían, se duchó, arregló su cabello y se maquilló un poco.
     Sofía era amante de las cosas naturales y armónicas.
     Lo simple.
     La tranquilidad.
     Se vio al espejo repasando su aspecto, sintiéndose satisfecha con lo que veía.
     Tomó el bolso, las llaves y abrió la puerta.
     Su móvil alertaba de un mensaje entrante.
     Lo sacó.
     Era de su hermana.
     “¡Buen día! ¿Me acompañas hoy a las 3:00 p.m. a una cita especial?”
     Volvió los ojos al cielo y negó con la cabeza mientras entraba en el ascensor.
     Su hermana, no tenía remedio.
     Alicia había heredado más de esa vena religiosa de sus padres.
     Hizo una mueca para rectificar sus pensamientos porque no era tanto una vena religiosa como mística.
      Sí, era más eso. Alicia no era de ir a la iglesia aunque creía en Dios, la Virgen y quién sabía cuántas cosas más.
     Le encantaba visitar videntes porque quería saber sobre su futuro y porque, era una eterna romántica y soñadora que sabía que en algún lado estaba su príncipe azul.
     Sofía se enfurecía con eso, ella pensaba que su hermana no hacía más que malgastar el dinero.
     Cada mes era lo mismo. Era como una cita con un médico de confianza para hacerse un chequeo preventivo solo que ni era médico, ni era de confianza, ni era la misma persona cada mes.
     Por supuesto, tampoco había nada de preventivo o extraordinario.
     Nada que pudiera demostrar que dichas visitas merecían la pena.
     Nada que les dijera que eso no era más que una sarta de mentiras y mucha pérdida de tiempo y lo peor, de dinero.
     Con todo, sabía que terminaría acompañándola, como siempre; y aprovecharía la ocasión, también como siempre, para hacerle entender que debía gastar su dinero en otra cosa.
     “¿Ali, de verdad no ves que te estafan?” le respondió mientras caminaba por la acera en dirección a su trabajo.
     “Cada quien a lo suyo, hermanita, te veo a las 2:30 p.m. en la Plaza del Ayuntamiento. Besos”
      Sofía negó con la cabeza antes de responderle:
     “Ok”.
     «¿Lo entenderá alguna vez?» se preguntó bufando sarcástica porque sabía que Alicia no dejaría esa costumbre y menos si alguien llegaba a acertar alguna vez algún suceso futuro en su vida.
     Si era como era sin pruebas de poderes reales, era mejor no pensar en lo adicta que se volvería de encontrar a alguna de estas personas que dice poder ver el futuro «de verdad».
     «¿Existirá alguna?» se preguntó viendo el reloj que llevaba en la muñeca.
Iba bien de tiempo, por lo que pararía en la cafetería de la esquina para comparar café para ella y su jefe porque esa mañana le esperaba una reunión larga con el hombre.
     Cafés en mano, entró a la oficina sonriente como cada mañana.
     Saludó a todos los que iba encontrando.
     Marcos la vio a través de los cristales de su oficina y le hizo señas para que se acercara de una vez.
     Ya conocía la rutina de esos días de planificación para asistir a los eventos.
     —Buenos días, Sofía.
     —Buen día, Marcos, te traigo el café.
     —Eres un sol.
     Ella sonrió.
     Marcos era un hombre unos 30 años mayor que ella al cual tenía que agradecerle toda la experiencia que tenía en el área de la cobertura de eventos.
     No siempre fue así de amable con ella.
     No lo era con ningún novato, sin embargo, sabía que si el novato de turno resistía a sus pruebas y las pasaba con éxito, tendría un mentor y un puesto de trabajo seguro.
     Tal como ocurrió con ella.
     No era de las que renunciaban a los retos con facilidad pero admitía que Marcos era tan bueno haciendo flaquear la resistencia de la gente que en su momento, que se llegó a plantear dos veces y muy en serio, renunciar a seguir allí.
     Menos mal no lo hizo.
     Empezaron la sesión con agendas abiertas, calendario en mano, un ordenador y mucha atención porque debían coordinar muy bien cuáles serían los eventos de la comunidad que eran prioridad para cubrir en los próximos meses, atender y programar todas las invitaciones recibidas.
     A veces no podían cubrirlo todo y por ello debían hacer una selección muy detallada.
     Los pequeños eventos no serían difíciles de cubrir en las siguientes semanas porque la mayoría, eran dentro de la ciudad.
     Uno de ellos, de importancia, estaba fuera de la zona y el otro, fuera del país.
     El evento de Burdeos era prestigioso y solo podían acceder con invitación que ese año, aun no recibían.
     —¿Y quién te consiguió la invitación el año pasado?
Sofía vio a Marcos con cara de pocos amigos.
     —Samuel.
     —¿Ese es tu ex? —Ella asintió—. Ya buscaremos la manera de acceder. Ni se te ocurra pedirle el favor.
     —Créeme, que no lo voy a hacer aunque me digas que de eso depende mi trabajo.
Marcos asintió satisfecho.
     —Bueno —el hombre vio el reloj—, es hora de largarnos a comer, tengo que buscar a mi nieta en el colegio y si llego tarde, mi hija y mi mujer me van a matar. No olvides dejar listo hoy lo de la ruta del vino en Requena.
     —No lo haré. Envíale cariños a Pili.
     —Lo haré —se levantó de la silla viendo con amor la foto de su esposa. Siempre sonreía con ilusión cuando hablaba de ella—. El otro día mencionó que quería invitarte a cenar, también con Alicia.
     —Estaremos encantadas de ir.
     —A ver si tú y yo resistimos a los intercambios de videntes que tendrán para darse esas dos —ambos rieron divertidos porque así eran las reuniones en casa de su jefe cuando Alicia estaba con ella. Pili y Alicia no paraban de hablar de los gustos místicos que compartían.
     Sofía recordó su cita con Alicia.
     Ya era tarde, por lo que debía acelerar el paso sin no quería despertar la ira en su hermana.
     Unos minutos después con la respiración agitada por la prisa, le hacía señas a Alicia que tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la boca fruncida y taqueaba con la punta del pie derecho sobre el pavimento de la Plaza del Ayuntamiento.
     —Siento la demora —le dijo al llegar—, estaba reunida con Marcos y no tenía forma de escaparme.
     Alicia sonrió complaciente y volviendo los ojos al cielo divertida.
     —Vale, vale, vamos andando que no quiero llegar tarde.
Se dirigieron a la dirección que Alicia llevaba anotada en un papel. Llegaron con cinco minutos de anticipación, tocaron el intercomunicador y subieron hasta el apartamento.
     Les recibió una señora de larga cabellera blanca, mediana estatura y de piel blanca. Los ojos de la mujer que eran de color verde, estaban llenos de brillo y amabilidad. Vestía un pantalón de tela beis y una camisa blanca.
     —Buenas tardes —le dijo invitándolas a pasar con la mano.
     Ellas entraron y se detuvieron ante un pequeño salón que estaba reluciente y decorado con buen gusto, a pesar de que se notaba que el mobiliario era algo viejo.
     El espacio era luminoso, las ventanas estaban abiertas y por ellas, entraba una agradable brisa fresca de primavera.
     Tomen asiento, enseguida las atiendo.
     Ellas hicieron lo indicado. Alicia parecía una niña que en pocos minutos iba a conocer a su artista favorito y Sofía… bueno, Sofía solo trataba de no parecer incrédula.
     —Mi nombre es Agatha —dijo la dueña del recinto mientras se acercaba de nuevo a ellas con una bandeja en las manos que apoyó en una mesita frente a las chicas—. ¿Té?
     —Por favor —le dijo Alicia sonriendo. Y aunque Sofía no respondió, Agatha le sirvió de igual manera una taza de humeante té.
     —¿Quién de ustedes solicitó mis servicios? —preguntó la mujer.
     —Yo —respondió Alicia con ansiedad.
     —Bien, supongo que quieres hacer la sesión en compañía de tu amiga.
     —Soy su hermana, en realidad —le respondió Sofía con un tono brusco—. Y preferiría que hagan la sesión en privado.
     —Muy bien —respondió Agatha. Su expresión en el rostro le hizo saber a Sofía que se había percatado de que ella no estaba de acuerdo con esas sesiones—. Acompáñeme, por favor —le indicó a Alicia.
     Ella vio a Sofía y le guiñó un ojo.
     Sofía ni se molestó en responderle la expresión.
     Se quedó ahí sentada, tomándose el té, que realmente estaba delicioso y decidió empezar a preparar su agenda para los próximos días. Sabía que antes de una hora, no saldría de ese lugar.
     Tomó su móvil y entró en internet para buscar algunos datos de la fiesta del vino en Requena. Usualmente, seguían un patrón para el evento, de igual manera, ella consultaba las páginas de los diferentes viñedos en caso de que algo cambiara. Luego llamaría a sus contactos para verificar la información encontrada.
     Después de esperar con impaciencia por hora y media, Alicia y Agatha salieron de la habitación en la que estaban.
     Sofía vio a su hermana con cara de pocos amigos y Alicia no le hizo caso.
     —Muchas gracias, Agatha, espero verla muy pronto —le dijo Alicia dándole un abrazo.
     —Eso espero —respondió ella mientras caminaba hacia la puerta para dejar salir a las chicas.
     —Hasta luego —le dijo Sofía.
     Antes de salir, Agatha tomó a Sofía de la mano. Estaba a punto de retirar el contacto, cuando sintió que una gran calma se apoderaba de ella. Alicia veía la escena ante ella sin disimular su sorpresa.
     Agatha sonrió.
     —Escucha con atención, querida —le dijo a Sofía—. Pronto, más pronto de lo que crees, conocerás a un hombre importante. Muchos hablan de él. Tiene un carácter difícil y grandes problemas de fidelidad. Lleva una marca en el cuello —Agatha cerró los ojos por un momento, tratando de ver con mayor detalle la imagen en su cabeza—, parece de nacimiento y tiene la forma de una serpiente unida a algo más que no logro distinguir —abrió los ojos viendo directo a los ojos de Sofía—. Ese hombre casi no tiene memoria de su pasado, pero lo poco que te diga sobre él, deberás creerlo, porque tú destino está con él y tendrás una importante misión a su lado.
     Soltó la mano de Sofía y le sonrió dulcemente. Ella no supo qué responderle. Nunca le había pasado algo así y no era la primera vez que acompañaba a su hermana a visitar a gente como esa mujer.
     De seguro la estaba tentando para que cayera en la trampa y le pidiera una consulta privada, pensaba Sofía mientras salían del edificio.
     Aunque sintió tan sincera la voz de la mujer y el contacto de su mano le transmitió tanta paz, que de haber sido creyente de todo aquello, juraría que Agatha estaba teniendo una verdadera visión.
     «¡Bah! Deja de pensar estupideces» se reprendió mientras sacudía sus pensamientos, se concentraba en el presente y en todo lo que tenía por hacer.

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

All rights reserved.

Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma y por ningún medio, mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor.

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2 comentarios en «El concilio de los dioses. Abélard y Sofía. Capítulo 1»

    1. ¡Hola Juani! Mil gracias por leer este primer capítulo y dejarme saber cuál es tu opinión. Acabo de terminar la corrección del capítulo 2, ahora, a subirlo y mañana lo tendrán ustedes listo para leer 🙂 Abrazos.

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