el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 7

     Abélard se sentía atontado y, por primera vez desde que despertó del accidente que le arrebató la memoria, se sentía angustiado.

     Una angustia que no sabía cómo interpretar pero que no podía arrancarse del pecho cada vez que recordaba las imágenes del sueño que tuvo a penas se quedó dormido la noche anterior.

     Llegaron tarde al hotel, después de pasar un día encantador con Sofía y una velada magnífica con su hermana. Aunque, habría preferido tener a Sofía a su merced y entre sus sábanas, agradeció que la hermana se negara de una forma muy sutil y educada a dejarles a solas.

     Cuidaba de ella y eso le decía a Abélard lo mucho que la quería.

     Hasta entonces, Abélard no sabía si fue un hombre que apreciara así a su familia en el pasado, antes del accidente; quería creer que sí, y le gustaba ver la forma en la que Alicia protegía y quería a su hermana.

     Así como Sofía lo hacía con ella movida también por la responsabilidad de ser la hermana mayor.

     Frunció el ceño dejando que las imágenes del sueño le invadieran de nuevo, así como lo permitió durante todo el día en el que se escondió en su habitación, intentando buscarle algún sentido a las imágenes, a las palabras, al sueño en sí.

     A la mujer.

     La tragedia que vio y sintió.

     Tenía varios apuntes en su libreta y se vio tentado en llamar a Silvain para contarle todo pero sabía que le haría volver a Burdeos y Abélard no quería irse sin ver a Sofía una vez más.

     Sin preguntarle si podían verse de nuevo.

     Si ella deseaba verle otra vez.

     La vio entrar en el restaurante del hotel, sonreírle de lejos y sintió alivio.

    Un gran alivio.

     Se llevó una mano al pecho pensando en esa extraña sensación que menguaba su angustia por el sueño, siguió sin encontrar lógica y sentido a todo lo que le ocurría desde la noche anterior.

     Ella llegó a la mesa y él se puso de pie para recibirla como era debido.

     Quiso besarla en los labios, mas algo le dijo que mejor no lo hiciera, que esperara, por lo que se acercó tanto como lo permitía el entorno y la gente que los veía para darle dio un delicado beso en la mejilla que ella recibió con una sonrisa dulce.

     Se vieron a los ojos.

     Ella no dejaba de sonreír.

     Abélard le hizo señas para que se sentara mientras el mesero le ayudaba con la silla.

     —Ya puede traer la botella —ordenó Abélard y el hombre asintió con rectitud. Luego vio a Sofía a los ojos—. Pedí un vino que te va a encantar.

     —Gracias —Sofía lo observó con sorna—. Espero no intentes emborracharme para meterme en tu cama.

     Abélard sonrió de lado y la vio a los ojos.

     —Con mis encantos me basto para eso, no necesito ninguna ayuda del vino —ella iba a mencionar algo pero Abélard levantó el índice de su mano derecha, así como ambas cejas y sin dejar de verla, continuó—: sin embargo, hoy no será el día en el que te lleve a la cama.

     Ella curvó los labios, abrió los ojos con sorpresa y asintió.

     —No pienso contradecirte porque… —el mesonero llegó con la bebida, la sirvió y luego los dejó a solas.

     —¿Me decías?

     —Sí, que no pienso contradecirte porque tengo que hacerte una entrevista y pensar en que me vas a meter en tu cama después, me quita el enfoque.

    Abélard sonrió complacido.

     Movió en círculos su copa, olió el líquido color burdeos y cerró los ojos.

     Las imágenes lo sorprendieron haciendo que todo su sistema quedara bloqueado.

     Escuchaba la voz de Sofía preguntarle si estaba bien y sintió su agarré en la mano que tenía sobre la mesa pero era incapaz de moverse.

     Viñedos.

     Veía muchos de ellos.

     Viajes a lugares que parecían ancestrales.

     Más vino.

     Mujeres, un grupo de ellas que parecía acosarle.

     Un grupo de hombres borrachos.

     Orgías. Caos.

     Y ella. La mujer que, en sueños, encontró en el bosque y que tuvo un final espantoso.

     Sentía que se quedaba sin aire.

     Se obligó a hacer que su cuerpo respondiera a su orden de tomar aire.

     Tomó una bocanada enorme y abrió los ojos de golpe encontrándose a Sofía pálida, viéndole con nerviosismo.

     La copa de vino estaba derramada entre la mesa y su traje y ella no le soltaba la mano.

     —Abélard, ¿estás bien? ¿Quieres que llame a tu médico?

     Abélard se sintió incómodo, observado, juzgado.

     Negó con la cabeza viéndole con vergüenza a ella.

     —No, lo siento, yo… —cerró los ojos de nuevo porque no quería perder ni una de las imágenes—, necesito ir a… —no iba a dejar a Sofía allí—. Me acompañas a…

     ¡Maldición! ¿Es que no podía terminar una maldita frase?

     —Vamos, claro, te acompaño para que te cambies.

    Abélard vio al mesero.

     —Pongo todo a su cuenta, señor, sin problemas. Si necesita ayuda médica, por favor llame a la recepción.

     —Me encargaré, no se preocupe y muchas gracias por la atención —Sofía le dijo al hombre que seguía recogiendo la mesa con prisas. Después se puso de pie y vio a Abélard—. Vamos.

     Abélard asintió y se dejó guiar porque se negaba a decir o pensar en algo que pudiera quitarle algún detalle de lo que acababa de ver.

     Se metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y sacó la llave magnética de su habitación. Se la dio a ella.

     Sofía vio el número y caminaron tomados de la mano hasta allí.

     Abélard entró con prisas separándose de Sofía y caminando hacia su libreta.

     —Abélard, puedes cambiart…

     —Shhhh —la vio con súplica y ella asintió—. Necesito tomar notas. Perdóname si no soy amable ahora.

     —Lo que necesites.

     Sofía se sentó en el sofá que estaba al entrar a la habitación y él solo se preocupó por encontrar su libreta y empezar a tomar todas las notas que quería.

     Cerró los ojos, dejando que la mano fuese tomando apuntes de lo que él veía en su cabeza.

     “Olí el vino y reviví cosas del sueño, es todo muy confuso. Aterrador”

     “Yo lo viví, estoy seguro. Ella existió y todos los que estaban ahí lo hicieron. ¿En dónde están?”

     “¿Quién soy? ¿Quiénes son ellos?”

     Cerró la libreta de golpe.

     Se soltó el nudo de la corbata para luego dejar caer la cabeza hacia atrás y frotarse el rostro con las manos.

     Los pasos de Sofía acercarse, le hicieron volver a la realidad en la que desconocía todo sobre él, su vida y todo lo demás.

    Ella se apoyó en el escritorio quedando frente a él.

     —Pereciera que acabaras de salir de una fiesta muy intensa.

     Abélard bufó porque no pensaba que la chica exageraba ni un poco.

     —Lástima que no me sienta igual de eufórico que si estuviese en una fiesta de esas.

     —¿Cómo puedo ayudarte?

     Abélard levantó los hombros y movió la cabeza de lado a lado porque no sabía qué respuesta darle a esa pregunta.

     Se sentía inquieto y lleno de dudas.

     ¿Y si estaba casado?

     ¿Y si tenía hijos y estaba ahí con Sofía jugando a ser el soltero del año?

     Resopló.

     —Voy a darme una ducha y después podemos hacer la entrevista, pedir comida…

     Ella negó con la cabeza.

     —Nada de eso.

     Él frunció el ceño.

     —¿No tienes hambre? —Abélard la vio curioso.

     —Ah sí, eso sí, digo, nada de entrevistas. Lo dejaremos para otro día. Me gustaría saber qué acaba de ocurrir contigo.

     Abélard terminó de quitarse la corbata y se puso en pie.

     La vio a los ojos, le acarició el rosto con una mano y luego, le señaló la libreta.

     —No sé si sea capaz de hablarlo ahora, pero podrás leer cada uno de mis pensamientos ahí. Se quitó la chaqueta y dejó todo en el suelo—. Si aún no he salido del baño y decides marcharte, lo entenderé.

     Le dedicó una mirada avergonzada y triste a Sofía que le hizo fruncir el ceño porque no entendía qué demonios estaba pasando con él ese día.

     Sofía era consciente de que su amnesia podría causar ese tipo de episodios de vez en cuando pero se preguntaba qué pudo haber visto en su mente que lo entristeció de esa manera.

     Lo observó perderse dentro del baño.

     Después posó su mirada en la libreta. Negra, pequeña, de esas que tiene páginas en color crema. Sin líneas, puntos, cuadros.

    Nada.

     La elegante pluma con la que tomó los apuntes estaba justo a su lado.

     La movió y tomó la libreta en las manos.

     Pensó en abrirla porque se moría de la curiosidad por ver cómo escribía y qué llevaba en los pensamientos ese hombre pero al recordar la mirada con la que la vio dos minutos antes, vaciló sobre su curiosidad.

     ¿Y si leía algo que no le gustaba?

     Porque era lo más probable.

     «Si aún no he salido del baño y decides marcharte, lo entenderé».

     Aquello tenía que significar que algo muy malo estaba apuntado ahí.

     ¿Y ella quería leerlo?

¿Ese día, en el que se dirían adiós?

     Porque si antes dudaba que habría un hasta luego, después de todos los acontecimientos de ese día, ya estaba convencida de que no iba a haber un hasta luego.

     Suspiró con la libreta entre las manos.

     Todo había empezado al revés ese día.

     En la oficina reinó el caos, su jefe pasó todo el día cabreado con todos y por encima de eso, la única posibilidad que tenía de que pudiera asistir al evento en Burdeos se había esfumado cuando la esposa de su jefe le llamó para decirle que la amiga a través de la que estaba intentado abrir puertas para que le dieran una invitación al evento, le dijo que la posibilidad ya no existía porque la asistencia era limitada y no quedaban cupos disponibles.

     Por supuesto que se sentía frustrada porque ella quería cubrir ese prestigioso evento de nuevo, pero además, ahora quería tener una excusa razonable para poder visitar a Abélard porque sí, quería saber qué más podría pasar entre ellos.

    Apretó la libreta contra sí.

     Y escuchó que el agua de la ducha en el baño, cesó.

     Salió de la habitación porque deseaba muchísimo que Abélard la tocara, besara y lamiera en cada centímetro de su cuerpo pero no en ese momento.

     Así que era mejor no dar pie a situaciones que no tenían que ocurrir.

     Se sentó en el sofá y puso la libreta sobre la mesa de apoyo.

     Escuchó a Abélard salir del baño. Dejar escapar el aire y soltar una maldición.

     —Sigo aquí —anunció en voz alta, entendiendo que él pensaría que se había marchado tal como supuso que haría tras leer lo que estaba ahí.

     Algunos cajones se abrieron y cerraron y el cierre de la maleta también sonó.

     Pronto lo vio aparecer ante ella con un pantalón de algodón y una sudadera.

     Sonrió al verlo porque si en traje era un hombre increíblemente guapo, vestido como iba ahora, descalzo, con las manos en los bolsillos de la sudadera y el pelo mojado y revuelto se veía…

     Sonrió avergonzada cuando él levantó las cejas y abrió los ojos, curioso por su reacción.

     —No me quedan más trajes limpios en la habitación. Se suponía que debían dejarlo aquí esta noche pero no los han subido.

     —Está bien por mí —ella se relajó—, así puedo ver más facetas tuyas.

     Ambos rieron.

     Abélard se sentó con cautela junto a ella.

     Mas que cautela, era timidez.

     La vio avergonzado y luego vio la libreta.

     —¿Lo leíste y sigues aquí?

    Ella lo vio a los ojos y negó con la cabeza.

     —No lo he leído y no pienso hacerlo —Abélard le dejó ver su confusión—. ¿Por qué no me lo dices tú? ¿Qué te ocurrió antes? ¿Qué viste o recordaste? —Lo observó inquisidora y tuvo que lanzar la siguiente pregunta—: ¿Debería preguntar más bien: a quién recordaste?

     Abélard solo formó una línea con los labios apretados y volvió a posar su mirada en la libreta.

     —No sé quién es y… —la vio aterrado. Sofía entendió que aquello le producía una gran angustia a Abélard—. No sé si quiero saber quién es o si existe. Ese es el problema.

     —¿Por qué no quieres saberlo?

     La vio inseguro.

     —Porque me gustas y quiero que me sigas gustando sin nada que pueda impedir que me sigas gustando. Parece un maldito trabalenguas —sonrió.

     «Ay, Sofía, cariño, vete de aquí», su parte sensata le hablaba, advirtiéndole que era el momento de correr lo más lejos que pudiera de él.

     Pero su lado rebelde dominaba la situación y la obligó a permanecer justo en donde estaba.

     Por primera vez en toda su boda, se negaba a enfrentar a la verdad que podría estarse manifestando frente a ella.

     «Sofía, no empieces a ser idiota justo ahora», su sensatez, a veces, era un incordio.

     —Todo empezó anoche —Abélard comenzó a narrar—, fue un sueño extraño, aterrador, confuso y que te juro que no quiero volver a soñar. Es más, no quiero ni recordarlo contándote —Sofía escuchaba con atención—. Cuando estábamos abajo y olí el vino, ocurrió algo que me sacudió por dentro haciendo que mi mente bloqueara todos mis movimientos corporales y solo pudiera pensar en eso y otras cosas que aparecieron sobre el sueño.

     Abélard tomó la libreta. La abrió y leyó para él.

    Sofía se lo agradeció porque seguía sin ganas de enfrentarse a la verdad.

     —Creo que estaba casado y tenía familia, Sofía.

     Aquella declaración, hizo que las pulsaciones de Sofía se dispararan porque ella no quería enfrentarse a semejante posibilidad.

     Cuando encuentras a un hombre como Abélard, aun sabiendo que la perfección no existe y que por algún lado las cosas con él pueden ir muy mal, no quieres creer que pueda pasar nada malo.

     —Bueno, tal vez…

     —Estoy enloqueciendo —observó que su semblante desmejoró. Se recostó del sofá y le tomó la mano—. Lo cierto es que no está en mis planes dejar de verte.

     «Tú tampoco vas a Burdeos, ¿no crees que el destino quiere decirte algo, niña?», maldita-sensatez-de-mierda.

     —¿Qué recordaste?

     —Que estaba casado con alguien que luego murió de una forma extraña y horrible.

     Sofía sintió que el alma le volvía al cuerpo.

     —Ahhhh, bueno —se quedó muda porque se dio cuenta de lo irrespetuosa y superficial que iba a sonar si continuaba expresando sus emociones—. Lo siento.

     —No era eso lo que ibas a decir —comentó él entre divertido y molesto aunque ella sabía que la molestia no se debía a ella.

     —No, es verdad y como siempre he sido sincera contigo, no debería esconder que siento alivio de que seas viudo, aunque lamento sentirme así porque estamos hablando de tu dolor —lo vio con los ojos entrecerrados—. También pienso que si tuvieses familia, alguien estaría por ahí buscándote, ¿no crees? Si tu esposa falleció, pues igual la familia de ella te buscaría por esos hijos que dices que viste.

     —No los vi, ¿o sí? —se preguntó frunciendo el ceño. Dudando de lo que vio y lo que no. Negó con la cabeza—. Demonios, no lo sé, ya no sé qué carajo vi.

    Sofía puso una mano encima de la de él.

     Abélard dirigió su mirada al gesto y se acomodó para tomar mejor la mano de ella y acariciarla con dulzura.

     —¿Qué te parece si dejas todo esto para cuando llegues a Burdeos y hables con tu psicólogo?

     —¿Por qué no lo leíste? —Abélard señaló la libreta.

     —Porque me niego a pensar que puede ser verdad y que eso podría hacer que no volvamos a vernos. ¡Y mira que yo no creo en señales ni nada de eso! Pero te juro que hoy podría empezar a creer porque tuve un día de mierda en la oficina y luego me dijeron que el evento en Burdeos no tiene sitio para mí y…

     —¿Ibas a ir a Burdeos? —la observó divertido y curioso.

     —Sí, un evento importante del vino allí y bueno… ahora no voy —ella notó la pregunta en su mirada. Decidió responder antes de que él la formulara en voz alta—: era un plan de mi oficina mucho antes de que te encontrara en Requena.

     —Pero, ahora, pensabas que podrías tener una excusa para verme.

     Sofía asintió avergonzada. Él se incorporó y le levantó el mentón con el índice para que ella lo viera a los ojos.

     Esos ojos grises que le encantaban.

     —No te avergüences conmigo por ser tú, Sofía, es de las cosas que más me gustan de ti. No tienes filtros. Eres sincera. Además, yo pensaba volver a Valencia porque me quedaron muchas cosas por ver; y está ese asunto que Alicia y yo tenemos que resolver con su bruja.

    Sofía volvió los ojos al cielo.

     —Ay, por dios, Abélard. No te pongas a creer en las tonterías de Alicia. Es probable que cuando vengas, ella ya tenga un brujo mejor y un astrologó nuevo. O un gurú del positive mind «más efectivo» de ese que conocí hace unas semanas y que no es más que una cara linda con un buen don de la palabra para conseguir un sequito de idiotas como mi hermana. La adoro, pero no dejaré jamás de decirle lo idiota que es por malgastar así su dinero.

     —Eres tan responsable y precavida —la veía atontado y a Sofía le gustaba esa forma que él tenía de verla—. No te quito la razón en ciertas cosas, sin embargo creo que tu hermana tiene fe y no le digas idiota que es una buena persona —suspiró y luego la vio con esperanza—. Lo cierto es que quiero recuperar mi memoria y estoy dispuesto a probar cualquier tipo de terapias, Sofía. Es agotador no tener recuerdos y querer saber cosas que no sé de dónde puedo sacarlas como por ejemplo que hablo varios idiomas, por señalar cualquier punto. ¿Los estudié, los aprendí en casa, viví en algún país o ciudad que se hablé alguno de ellos y por esa razón los aprendí?

     —Te entiendo. Y estoy de acuerdo con las terapias, no tonterías espirituales.

     —Bueno, aquí no conozco otro tipo de terapeutas y tu hermana me dio una excusa discreta para volver a Valencia.

     Ambos se vieron y rieron.

     Sofía se sintió complacida de ver que él se relajaba un poco con la conversación que tenían.

     Agradeció que su sensatez estuviese sentada de brazos cruzados, con mala cara y una mirada muy reprobatoria pero mientras no se hiciera sentir, ella estaría conforme porque quería disfrutar de cada segundo al lado de Abélard antes de que recuperara su pasado y su antigua vida.

    Él se acercó más y ella contuvo la respiración.

     Le rozó los labios. Sofía no pudo evitar reprimir el gemido en su interior porque aquel delicado contacto la excitaba más que si Abélard le estuviese lamiendo…

     Él sonrió divertido y luego se alejó.

     Ella abrió los ojos confusa.

     —No voy a besarte.

     —¿Por qué no? —su voz salió como la voz de una niña malcriada que acababan de decirle que «no» a lo que más quería en la vida.

     Él sonrió de nuevo.

     —Porque el simple hecho de no hacerlo me da la motivación perfecta para venir a visitarte de nuevo. Las ganas profundas que tengo de besarte —la vio con intensidad y premura—; de besarte de la cabeza a los pies, eso sí —la observó ahora con ilusión—. Es más, tengo una idea. Sé que Silvain, mi psicólogo, no va a querer que viaje por un tiempo con todo esto de las terapias de regresiones y demás, por lo que se me ocurre que puedo conseguirte un sitio en ese evento y bueno… —movió el hombro con ojos dulces—, quizá podrías pasarte unos días en mi ciudad.

     —No es tan fácil, Abélard, es un evento muy exclusivo y ya no…

    Le puso un dedo en los labios y se acercó a ella juguetón.

     —Hagamos un trato —Quitó el dedo y rozó los labios de Sofía produciéndole unas cosquillas deliciosas—. Yo te consigo un pase VIP al evento, pero viajas a Burdeos por una semana o más, como mi invitada. Pide un permiso en tu trabajo, di que vas a escribir una nota importante sobre mí y tienes que estudiar mí día a día, lo que sea. Inventa lo que sea. Para que podamos estar juntos ese tiempo en Burdeos y podamos besarnos y averiguar a donde nos lleva toda esta locura que estanos viviendo.

     Ella le sonrió divertida porque no tenía que inventarse nada para eso, tenía vacaciones acumuladas y su jefe la dejaría irse a la Luna si era por trabajo.

     Lo vio a los ojos, provocativa, porque ese hombre la excitaba a niveles que ni ella misma sabía que existían; y de imaginarse que estarían en una ciudad como Burdeos, a solas, en la casa de él…

     «Podría ser un asesino o violador y él podría recordarlo justo cuando estés en su cama, Sofía. ¡Que linda te vas a ver amarrada en el sótano de este desconocido en un país que no es el tuyo, lejos de cualquiera que pueda ayudarte!»

Sofía tenía que encontrar la forma de ser un poco más como Alicia.

Libre y sin remordimientos o sin sentases como la que ahora la estaba interrumpiendo en los pensamientos más eróticos del mundo.

     —Espero sepas bien el trato que me propones porque es imposible que vayamos a poder cumplirlo.

    Él le sonrió complacido. 

     —No me conoces, Sofía; y no te culpo, porque yo tampoco me conozco bien —ambos rieron—, pero te aseguro que tengo la motivación necesaria para poder cumplir con ese trato y todos los que me propongas. Te lo voy a demostrar, ya verás.

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

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Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma y por ningún medio, mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor.

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