el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 6

     Silvain veía a Abélard con reprobación a través de la pantalla del ordenador.

     —No pude negarme, Silvain. Sé que te prometí que estaría de vuelta en casa en una semana pero no pude decirle que no a esta mujer. Es como una diosa y me tiene embrujado.

     —Abélard, tu amnesia es seria y podría darte un ataque como el que te dio en el Louvre. ¿Qué harás si eso pasa? ¿O si vuelves a despertar alcoholizado quién sabe con quién en la cama? —Dejó escapar el aire y se acomodó las gafas de nuevo en el tabique—. No quiero sonar paternalista contigo y mucho menos decirte con quién acostarte o no. Asunto tuyo es, claro está, pero quiero que entiendas, que tu condición no es normal, y que puedes desatar recuerdos que quizá no te gusten, que te aterren y que requieran de una sesión inmediata. Después de tu experiencia en París, no me fio de que estés de viaje por tanto tiempo.

     —Esto es diferente.

     —Lo sé, porque desde que vienes a consulta siempre has sido muy franco. Debo admitir que tu semblante está mucho mejor que hace una semana y nunca te había visto sonreír tanto. La chica debe tener algo especial de verdad, además de que te noto…

     —Tranquilo —lo vio suspicaz—; lo sé, porque yo también lo siento. Es como si ella me hiciera sentir seguro.

    —¿Podría recordarte a alguien?

     Abélard negó con la cabeza.

     —¿Algún episodio de tu pasado quizá?

     —Anoche, después de que llegamos a Valencia y me instalara en el hotel, bajé a pensar al aire libre en porque me siento como me siento con ella porque mi emoción me parece irracional. Por fortuna tengo amnesia y no falta de sentido común y bueno, pienso que no es normal que uno se sienta así con otra persona con solo conocerla.

     —Abélard, así son las relaciones entre dos personas y no existe una regla que diga que tiene que ser de tal o cual manera para que sea correcta. Somos seres que nos dejamos llevar por las emociones del momento, algunos con más o menos intensidad. Además, me estás hablando de atracción, en primer lugar. Mucha atracción, veo cómo te brillan los ojos cuando piensas en ella. Quieres meterla en tu cama.

     —Y en la bañera… y… bueno, tú me entiendes —El psicólogo resopló divertido negando con la cabeza—. Pero no es solo deseo lo que siento, a eso me refiero.

     —Lo entiendo, y es parte de la misma atracción —el médico vio el reloj—. ¿Cuándo tienes pensado volver a Burdeos?

     —En tres días, te juro, que estoy en casa.

     —Eso espero, Abélard, porque las sesiones de hipnosis son importantes para tu tratamiento y no puedo hacerlas a través del ordenador.

     Alguien llamaba a la puerta de la habitación.

     —Tengo que dejarte.

     —Tres días, Abélard —sentenció el médico como saludo final.

     —Tres días —Abélard respondió haciendo una cruz encima de su corazón.

     Cerró el ordenador, se vio en el espejo, repasando su aspecto y luego fue a la puerta para abrir y encontrarse con ella.

Quien le sonrió divertida.

     —Buenos días.

     —Buenos días.

     —¿Es muy temprano? —Sofía señaló hacia su ropa. Llevaba puesta una camisa de algodón blanca y un short. Estaba descalzo.

     —Para nada, estaba a punto de terminar de arreglarme.

     —Te espero abajo, ¿te parece? Así te arreglas con calma.

     —Ya me lavé el pelo esta mañana y no me lo ricé porque olvidé la rizadora en Requena.

     Sofía soltó una carcajada.

     —Me hubieses dicho y te traía la mía.

    —Bah, empezaré a promover la belleza natural desde ahora.

    —Pero no dejes de ponerte uno de esos trajes que siempre llevas puesto.

     Abélard sonrió ante el comentario de ella. Le gustaba lo sincera que era.

     —¿El azul?

     —Ese te queda perfecto con esos ojos que tienes.

     —Sofía, voy a pensar que te gusto —dijo con exagerada consternación.

     —¿Era un secreto? —Respondió ella sarcástica con esa ceja levantada que la hacía irresistiblemente sexy—. Ve a vestirte, no tengo prisa. La culpa es mía por llegar temprano.

     —Nos vemos en unos minutos —le hizo un guiño que ruborizó a Sofía de la manera en la que le gustaba ruborizarla.

     Ella asintió con una sonrisa traviesa y tímida a partes iguales y se marchó por el corredor con ese contoneo de caderas que lo hacía salivar.

     —Abélard, cierra la puerta —le dijo sin volverse hacia él.

     Abélard negó con diversión y encanto. Cerró la puerta.

     Esa mujer.

     Esa mujer.

     Tenía algo.

    ¿Era una bruja?

     Si lo era, sería de las buenas.

     Arrugó la frente ante su pensamiento porque no había teniendo uno en relación a esos temas y menos, con aquella convicción.

     ¿Brujas?

     Fue a su libreta y apuntó:

     “Brujas. Me pregunté si ella lo es”

     “¿Creo en brujas?”

     Resopló mientras seleccionaba la camisa que se pondría con el traje azul.

     Vio el reloj, Sofía no llegó tan temprano como dijo, él se tardó más con Silvain de lo que había planificado.

     Esa mañana se despertó temprano, bajó al gimnasio del hotel ejercitarse, pidió un servicio de desayuno a la habitación antes de darse una ducha y para cuando terminaba de tomarse el café, Silvain estaba llamándole.

     «Una mañana ocupada» pensó pero con la satisfacción de que tendría el resto del día libre para ella.

     Al día siguiente ella tendría que cumplir un horario de trabajo y eso recortaría notablemente el tiempo para estar juntos porque él tenía que regresar a casa como le prometió a Silvain.

     Revisó en el espejo que la camisa estuviese bien puesta, acomodó el cuello, se colocó el chaleco y luego, la chaqueta del traje.

     Ajustó las mangas de la camisa bajo esta y cuando quedó satisfecho, salió de la habitación.

     Sofía le esperaba en un sillón de los tantos que había en el lobby.

     Le sonrió de lado y negó.

     —Abélard, era en juego lo del traje, es domingo, no debes llevarlo hoy. Ve a ponerte algo más relajado.

     —De eso nada. Esto es lo que combina con mi color de ojos. Soy vanidoso —Ella rio con dulzura—. Si me vas a regalar sonrisas de esas, me compraré mil trajes iguales —la hizo sonrojar.

     Sonrió metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón antes de que le acunaran el rostro a ella y le diera un beso que los obligara a meterse en el baño del lobby porque dudaba que llegaran a la habitación con la ropa puesta.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó ella.

     —Lo que quieras. Eres la guía turística de esta ciudad que me vendiste como «la mejor en el mundo» y ahora, espero que cumpla con mis expectativas.

     —Va a cumplir tanto tus expectativas que vas a querer regresar pronto, ya lo verás.

     Sentenció ella mientras se ponía en movimiento y Abélard la siguió sonriendo porque por supuesto que iba a volver aunque la ciudad lo decepcionara y lo aburriera mortalmente.

     Mientras ella estuviese allí, él iba a volver cuantas veces pudiera.

 

***

 

     Sofía se sentía satisfecha con la admiración marcada en la mirada de Abélard mientras recorrían la ciudad.

     Le gustaba lo que veía.

     «¿Cómo no?», se preguntó, si Valencia era encantadora.

     Una ciudad como pocas. Aunque era cierto que ella no se conocía todos los rincones del mundo y que de seguro existían lugares hermosos ahí afuera, estaba convencida que ninguno le gustaría tanto como su Valencia querida.

     Llevaban rato en silencio, él con las manos atrás en la espalada; y ella viendo en dónde metía las suyas porque lo que quería era tomar las de él y caminar juntos tomados de las manos.

     Hizo una mueca porque no quería algo tan cursi nada más.

     También deseaba ponerse esas manos encima de todo el cuerpo y ver qué eran capaces de hacer.

     ¿En dónde estaba el defecto de ese hombre que caminaba junto a ella con ese porte tan galante?

     Tan guapo.

     Tenía que tener un defecto por algún lado.

     «No tiene memoria y no sabe nada de su pasado, no lo olvides» «O te dijo eso y te miente»

     Quería actuar con cautela pero lo cierto era que Abélard le daba a Sofía una sensación de tranquilidad que no había experimentado con nadie.

     Se sentía ella, relajada, sin poses ni obligaciones.

    Y eso era lo que más le atraía y le obsesionaba de él porque, ¿cómo era eso posible si tenían apenas unos días conociéndose?

     Caminaban por los jardines del Turia cuando Abélard se sentó en una banqueta y ella lo imitó aun sumergida en sus pensamientos.

     Él se volvió a verla y ella se hizo consciente de que debía regresar al presente.

    Le sonrió.

     —Ha sido un día estupendo.

     —Lo es —frunció el ceño—, y no se ha terminado.

     —Veo que estás cansada.

     —No, no lo estoy. Solo es que estaba pensando.

     Abélard la vio con curiosidad.

     —Sería atrevido preguntarte ¿en qué pensabas?

     —No, sería de lo más normal.

     Abélard la vio con sorna.

     —Entonces, ¿en qué pensabas?

     —En la extraña forma en la que me siento cuando pasamos tiempo juntos y sé que es una completa locura decirlo así pero creo que nos atraemos lo suficiente como para ser honestos.

     Abélard resopló con gran diversión y negó. Le pareció que se sonrojaba.

     Nunca había visto a un hombre, menos a uno como él, sonrojarse de esa forma ante una mujer.

     —No había visto a un hombre sonrojado en mi vida —lo tenía que decir en voz alta y él se sonrojó más—, Te ves adorable, por cierto.

     Abélard apoyó los codos en las rodillas y vio al frente suspirando en grande.

     Sofía se sintió incómoda un segundo.

    —Soy muy directa, ¿verdad?

     Él negó.

    —Yo tengo ganas de besarte desde que te conocí —se volvió a verla y ella se hizo la entendida.

     —Es que soy irresistible. Lo sé —aseguró divertida.

     Abélard se enderezó y le vio a los ojos de una manera que la hizo estremecer desde el cuero cabelludo a la punta del dedo gordo del pie.

    Se quedó muda.

     En blanco, porque no podía coordinar nada en su interior con la mirada de él clavada en la propia; demostrándole, sin vergüenza alguna, que la deseaba con locura.

     Se le resecó la boca justo al tiempo que él dejaba a sus ojos vagar de la boca a los ojos como si estuviera debatiéndose en ese momento entre besarla o no.

     Se acercó a ella con timidez, permitiendo que la calidez de su aliento le rozara el rostro y luego, que sus labios se rozaran formando una chispa que los invitaba a continuar.

     Una chispa que la encendió con un fuego abrasador en su interior.

     ¿Qué era aquello?

     Rozó los labios de nuevo y…

     —¿Sofía? —Sofía cerró los ojos y deseó que Alicia desapareciera.

     Se separaron, Abélard sonreía como un niño avergonzado.

     Vio a su hermana acercarse a ellos, observándoles con curiosidad, asombro y ganas de inundarlos de preguntas.

     Sofía hizo las introducciones correspondientes.

     —¿Y qué te ha parecido la ciudad? —preguntó Alicia después de que Sofía le explicara a su hermana que estaba enseñándole la ciudad a Abélard aunque ya se lo había mencionado esa mañana por teléfono.

     —Hermosa y en compañía de Sofía, más —la vio con ternura. Alicia le hizo una mueca de victoria mientras Abélard no la tuvo en el rango de visión.

     Sofía solo se concentró en la mirada de él.

     —¿Y ahora qué piensan hacer? ¿Ya lo llevaste a la Malvarrosa?

     —No, pensaba hacerlo mañana.

     —Podemos ir ahora —Alicia no tenía intenciones de dejarlos a solas porque se moría por conocer más a Abélard para luego poder tener material propio con el cual hablar cuando hablara con su hermana—. Sé de un lugar en el que podemos tomar algo y luego cenar muy bien. Vamos, yo invito.

     Abélard le hizo un guiño a Sofía para complacer a Alicia.

     Sofía puso los ojos en blanco y accedió porque sabía que no iba a librarse de Alicia y él parecía tener ganas de conocerla más también.

     Empezaron a hablar entre ellos y Sofía decidió aminorar el paso para procesar lo que había estado a punto de pasar entre Abélard y ella.

     Revivió cada movimiento de él y sintió su interior encenderse de nuevo.

     Se llevó la mano a los labios con discreción…

     Recordando el roce de los de él…

     La risa de Alicia la sacó de su ensoñación y lo vio a él observándole con disimulo.

     Sofía los alcanzó y fue entonces cuando Abélard, le rozó los dedos con la misma timidez con la que le rozó los labios minutos antes.

     Tanteando un terreno que Sofía sabía que tenía ganado.

     Ella movió sus dedos haciendo que él avanzara y le tomara de la mano con ternura.

     Se vieron a los ojos, mientras Alicia contaba algo y pillaba los movimientos entre ellos, sin dejarse en evidencia, claro estaba.

     Se sonrieron y él le hizo un guiño.

     Sofía entendió en ese momento que era inútil resistirse a él y a lo que le hacía sentir si cada vez que lo tenía al lado o que le daba alguna demostración de interés por ella, todo su sistema se revolucionaba.

     Ella quería descubrir más de esas emociones y sensaciones que no había sentido con nadie antes de conocer a Abélard Le Brun y no había nada que le impidiera hacerlo.

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

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Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

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