el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 5

     Sofía escuchaba a Abélard con interés porque se le estaba haciendo un hombre de lo más fascinante.

     Si su hermana la viera, le diría que estaba irreconocible.

     Y lo estaba.

     Nunca antes en su vida se había sentido tan…

     …Excitada cerca de un hombre.

     Y no sabía si era por su meloso tono de voz, el romántico acento francés o todos los metros de altura que tenía; o un conjunto de todo, lo que hacía que Abélard Le Brun la tuviera hipnotizada de la ridícula forma en la que la tenía.

     La velada en el hotel comenzó muy bien.

     Sofía insistió para que él hiciera uso de la habitación aunque fuese para darse una ducha y dejar allí su equipaje pero él se negó y exigió al hotel que le arreglaran el asunto o empezaría a desprestigiarles.

     En el hotel, el personal no estaba muy enterado de la influencia social de la que gozaba Abélard recientemente gracias a su escena en París con las dos chicas; aunque no tenía redes sociales.

     La prensa de espectáculos y chismes no hacía más que hablar de él porque era un enigma.

     Nadie sabía de él.

     Y en esta época, no tener rede sociales resultaba de lo más atrayente.

     Así que Sofía se encargó de contarle al gerente, en privado, quién era Abélard y, de inmediato, empezaron a gestionar algo mejor para él.

     Un par de horas después, había conseguido que una de las habitaciones que estaban en reparación, estuviera operativa aunque no en sus óptimas condiciones pero a cambio de eso, le dieron la estadía gratis y quien sabe cuánto más para que no hablara mal del evento ni del hotel con la prensa francesa que lo perseguía.

     Era un caballero. Sofía sabía que aceptaría la propuesta del hotel y mantendría su palabra.

     —Entonces, ¿cómo llega Abélard Le Brun a esta zona?

     Él sonrió y Sofía sintió un cosquilleó en todo el cuerpo.

     Ese hombre era una maldita tentación ambulante.

     —Bueno, una de las chicas del famoso vídeo es de aquí y… —Sofía abrió los ojos entretenida y levantó ambas cejas—… sí, me habló de esto y no sé, creo que tenía ganas de viajar de nuevo. Aunque no recuerdo nada de la compra de los pasajes ni nada —Abélard soltó una carcajada en burla a sí mismo—. No debería contarte de mi cita con esas mujeres, pero es que fue de lo más bizarro. No recuerdo nada.

     Sofía sentía mucha curiosidad por todo lo que él contaba.

     —¿Es a ella a la que llamaste con todo este problema del hotel y las habitaciones?

     Abélard asintió tras meterse un bocado de su comida en la boca.

     Se limpió luego las comisuras, bebió de su copa un delicioso Tempranillo.

     —Pero no está por aquí y creo que no la llegaré a ver.

     Mmm. Aquello era una trampa y ella no iba a preguntar el por qué no volvería a verla. No era su problema aunque no podía dejar de sentirse halagada porque sospechaba que ella era el motivo del desinterés con el que hablaba de la chica del video.

     «Por el amor de dios, Sofía León, estás pasada de engreída»

     Soltó un bufido que llamó la atención de Abélard.

     —Supongo que descubriste la intención de mi respuesta y crees que estoy siendo un Casanova.

     Lo vio capciosa.

     —¿Lees la mente ajena? —ambos rieron.

     —No, pero digamos que prefiero evaluar mi compañía actual por el intelecto y no por la cantidad de vino bebido, el ridículo hecho o el sexo tenido.

     —Un hombre inteligente.

     —Eso quiero creer.

     —¿A qué te dedicas? —Abélard suspiró y su mirada se quedó perdida en algún punto que Sofía no conseguía descifrar.

     —No lo sé —Sofía arrugó la frente—. Sí, ya sé que suena incoherente pero es la verdad y por alguna extraña razón no consigo mentirle a la gente. Quería mentirle a mi terapeuta cuando vine aquí pero no pude. No estaba muy de acuerdo con el viaje después de lo ocurrido en París.

     —Todo esto tiene que ver con tu memoria y el accidente que me dijiste que habías tenido —Abélard asintió y bebió de su copa—.¿Pero no hay nada? No lo sé, un compañero de trabajo, algún documento en tu casa; no sé, algo que te dé una pista.

     Abélard negó con la cabeza formando una delgada línea con los labios.

     —No. No hay nada.

     —¿Y de dónde sale tu dinero?

     —No sé de dónde sale. En el banco tampoco me dijeron nada y mantenía una caja de seguridad pero no me dio más que un pasaporte, una tarjeta absurda de presentación que sigue sin arrojar información y dinero en efectivo —Sofía no pudo disimular su asombro—. Sé que suena de locos y que parezco un mafioso…

     —¿Lo eres? —preguntó ella con los ojos entrecerrados queriendo verse graciosa.

     —No lo sé —rio—, hasta ahora nadie a venido a cobrarme alguna cuenta o a asignarme algún trabajo.

     —Debe ser horrible no tener la memoria en su lugar. La verdad es que siento mucho lo que te ocurre.

     —Sí, yo también, aunque mi terapeuta dice que todo va a solucionarse porque la amnesia se trata.

     —Bueno, si él lo dice, debe ser así.

     —Pero no sigamos hablando de mí, mejor cuéntame de ti, Sofía. Quiero saber más de ti.

     Sofía le contó de sus estudios, de su hermana y de lo mucho que le gustaba su trabajo.

     —Me apasiona viajar, comer, escribir.

     —No he probado a escribir más que en una libreta que me ordena el terapeuta que use para tomar notas de las cosas que me parecen curiosas o que desencadena alguna reacción en mi cabeza —dejó los cubiertos en la posición correcta para que el mesero retirara su plato—. Pero te aseguro que viajar y comer son dos grandes placeres —la vio divertido—… y el vino. Es delicioso.

     Ella rio sin vergüenza y terminó también su comida.

     Se limpió la comisura de los labios y disfrutó de los segundos que estuvieron en silencio.

     Se sentía como una adolescente en la primera cita.

     Aunque más atrevida, claro estaba.

     Tomó su copa y dejó que su espalda descansara en el espaldar de la silla. La noche estaba tranquila, fresca. El aroma de la naturaleza circundante era relajante.

     El hotel estaba en medio del viñedo más importante de Requena.

     —¿Qué tal la cena? —el gerente pasaba a supervisar que todo estuviera bien con ellos, sobre todo con Abélard. Sofía notó el nerviosismo del hombre cuando hablaba con el francés.

     —Muy bien, mucho mejor que el problema de las habitaciones.

     El gerente sonrió avergonzado y Sofía rio por lo bajo viendo con diversión a Abélard.

     —Enseguida le enviamos el postre.

     Abélard y Sofía agradecieron al hombre.

     —¿Qué tal París? —Le preguntó ella—. Me dijiste que vives en Burdeos pero estuviste en París hace unos días.

     —Quería visitar el museo —la vio—, el Louvre —aclaró después como si Sofía no le hubiera entendido—. No sé, cuando volví del hospital a casa, después del accidente, estuve divagando sobre lo que podía gustarme o no. Un día, entré en una librería y me di cuenta de que el arte grecorromano y otras cosas se me hacían increíblemente interesantes por lo que mi terapeuta pensó en que una visita al Louvre me vendría bien.

     —¿Y?

     Él levantó los hombros justo cuando el mesero llegaba con los platos del mouse de chocolate negro.

     —Creo que empeoró mi condición —rio apenado—, hablar de esto contigo, el primer día en el que nos conocemos es un poco…

     —Loco.

     —Sí, lo es. Vas a salir corriendo porque debes estar pensando que soy un peligro.

     —No te veo peligroso… aun. No me has demostrado serlo.

     —Aunque los lobos, a veces engañan.

     —Exacto, pero este lobo parece bastante honesto —dijo ella aguantando la intensidad de la mirada de acero de él—. De todas maneras, es poco probable que volvamos a vernos después de este evento.

     —Nunca se sabe, Sofía. Con el destino, nunca se sabe.

 

***

 

     Al día siguiente, Abélard despertó con un dolor de espaldas que lo puso de muy mal humor.

     La noche anterior, durante la cena, Leonor le había enviado un mensaje diciéndole la hora a la que llegaría ese día a Requena y él decidió obviarla por completo.

     Después de conocer a Sofía, no le apetecía volver a ver a Leonor.

     Ni a ninguna otra.

     ¿Cómo una mujer pudo hacer lo que ella en tan solo una conversación?

     Era divertida, inteligente y sagaz.

     Atrevida.

     Le gustaban las mujeres así.

     ¿Sí? Frunció el ceño, ¿desde cuándo sabía eso? ¿Cómo podía saberlo?

     Se duchó, metió sus cosas en la maleta, decidido a marcharse del hotel y buscar un mejor alojamiento porque no soportaría otra noche allí, cuando tocaron la puerta de su habitación.

     Abrió y se encontró a Sofía con la piel del rostro roja y la respiración agitada.

     Quiso bloquear a su mente pero no pudo dejar de pensar en si así se vería ella teniendo sexo con él.

     Y sintió esa emoción rara y desconcertante que le recorría de punta a punta desde que se dejó seducir por los encantos de esa mujer que le sonreía con duda ahora.

     —¿Buenos días? —preguntó viendo hacia dentro, la maleta estaba detrás de él.

     Abélard se giró y luego volvió la vista a Sofía.

     No podía marcharse y dejarla allí.

     Estaba realmente interesado en ella.

     —Buenos días.

     —¿Te vas? —Ella preguntó realmente decepcionada—. Venía a buscarte para ir a desayunar aunque mi facha no sea la más apropiada —vio el reloj—, es que se me pasó el tiempo haciendo ejercicios y bueno… —lo vio con premura—… tengo hambre, ¿qué me dices?

     —Yo tengo un maldito dolor de espalda que no me deja ni pensar.

     Ella se cruzó de brazos enfadada.

     —Te dije que te quedaras con una de mis camas.

     —Ni pensarlo.

     —Entonces no te quejes de tu dolor.

     Él la vio divertido y sonrió.

     —Tienes razón.

     —¿Te iba s a ir?

     Asintió llamándose idiota por lo que hubiera hecho de no llegar ella y detenerlo.

     —Bueno, sigo teniendo una cama si la quieres.

     —¿Y pastillas para el dolor de espalda?

     Sofía lo vio divertida.

     —No, de eso nada, pero el gerente va a conseguirte hasta masajes cuando le hagas la queja formal de tu dolor, ya lo verás.

     —Pero primero comemos, ¿no?

     —Por supuesto y después de hablar con el hombre yo subiré a ducharme y cambiarme para irnos al recorrido que está pautado para hoy —lo vio con sorna—. Después de eso, puedes instalarte allí y compartiremos habitación.

     —Podría ser un lobo disfrazado, Sofía —la vio de reojo mientras caminaban por el pasillo y ella soltó una carcajada.

     —Bueno, sé defenderme de los lobos, pero no creo que tú seas uno de eso.

     —Eres muy confiada.

     —No, no lo soy, pero algo me dice que debo confiar en ti. Además, vas a concederme una entrevista, por lo que espero tratarte muy bien para que estés de mejor humor que ahora.

     Ella se adelantó al entrar al recinto en donde se servía el desayuno y él la observaba dese lejos.

     ¿Quién era es mujer tan fascinante sobre la que quería conocer cada detalle?

     Ya le daba igual si le llevaban a recorrer el viñedo, le daban vino o no.

     Hizo una mueca porque no, mentía, si le daba igual si no le daban vino.

     Él, últimamente, siempre quería vino.

     Pero ella, con su melena castaña y esos ojos que destellaban alegría; sí, ella, hacía que su sed quedara opacada por el deseo que tenía de probarla… a ella.

     Pero sin prisas.

     No era una mujer para probar y luego olvidar.

     Sofía León con sus piernas largas y sus miradas llenas de picardía, lo motivaban a ir despacio.

     A ser paciente y estratégico, porque la quería conquistar.

Continuará…

Capítulo 6

disponible a partir del 30 de mayo 2021

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

All rights reserved.

Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

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