el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 4

      Abelard estaba acostado en el chaise longue azul marino que estaba en el consultorio de su psicólogo.

     Tenía un tobillo cruzado encima del otro y las manos con los dedos entrelazados reposaban encima de su abdomen. Veía hacia el techo mientras conversaba de su experiencia en París.

     —¿Cómo pude volverme loco de esa manera?

     —Estabas borracho, Abélard, ya lo hemos hablado.

     —Claro, pero es que, en el vídeo ese que esta por todo internet, no pareciera que lo estuviera.

     El médico hizo una mueca como si sopesara para darle la razón.

     En el video del que todo el mundo hablaba, se veía a Abélard junto a dos chicas, una de ellas él la reconocía aunque afortunadamente a ninguna se les veía bien el rostro.

     Él era un caballero y no podía creer que se hubiera expuesto a sí mismo y a esas dos muchachas de esa forma tan vulgar.

     Se veía que se sentaron en un sillón del lobby del hotel; y él y quien debía ser Leonor, la chica que amaneció con él, empezaron a besarse mientras la otra, empezó a bailar frente a ellos cual stripper en un bar.

     También les bailoteó a los guardias del hotel cuando se acercaron a pedirles que se retiraran del lobby.

     Él y Leonor no paraban de comerse y empezaron con las caricias insinuantes. Los guardias tomaron a la stripper por un brazo y empezaron a arrastrarla a la puerta.

     Abélard se separó de Leonor, corrió en el auxilio de la otra chica y le pidió a los de seguridad que ahora estaban en la puerta con el manager del hotel, que dejaran a la chica en paz y se irían a la habitación

     Se veía en el video que Abélard se metía la mano en el bolsillo del pantalón sacaba un fajo de billetes, contaba tres y se los daba al manager.

     Repitió la operación con los guardias pero todos rechazaron su oferta levantando la vista para contabilizar a los curiosos que estarían poniéndoles en evidencia en la web.

     No podían dejar ver que les sobornaban de esa manera.

     El manager dijo algo, Abélard rio divertido, tomó a sus chicas de las manos y se perdieron entre besos y provocadoras caricias dentro del ascensor.

     Fin del video.

     El psicólogo revisaba las anotaciones de Abélard en su libreta.

     En su segundo día en París hizo una lista:

  • Estatua de Hermes y Dionisio

  • Bebé llanto.

  • Confuso. Imágenes. Gente muy extraña

  • Vino

  • Quiero vino.

  • Flores. Me gustan las flores cerca del puesto del hotel

  • Me siento muy perdido.

  • Sed

  • Vino

  • Leonor 😊

     El psicólogo dejó salir el aire y lo vio colocando la libreta en la mesa entre ellos.

     —Hablemos de tu relación sexual con las chicas. ¿Cómo te sentiste en el acto con ambas?

     Abélard lo vio incrédulo y se carcajeó.

     —No me acuerdo de nada, Silvain —Silvain tomaba notas—. Pero si tengo que guiarme por la sonrisa de Leonor en la mañana cuando se despidió de mí —vio al médico con sorna—, todo ha debido estar muy bien.

     —No lo dudo, Abélard, eres un hombre sano —bromeó el médico—. Todos tus sentidos funcionan bien y me imagino, que tu cuerpo responde perfecto a los estímulos. Solo quería ahondar un poco a ver si se te había desencadenado algún recuerdo referente al placer, antes del accidente.

     —No tengo ni idea si acostumbraba a hacer tríos o no.

     El médico negó divertido y Abélard dejó escapar el aire.

     —Para la forma en la que me llamaste el viernes pasado, hoy estás muy bromista.

     —Tengo que tomármelo así, Silvain, porque si no creo que voy a enloquecer con tanta «nada» en mi cabeza.

     —Háblame de las notas en tu libreta. ¿Qué recuerdas de lo ocurrido cuando viste… —el médico leyó en sus notas—… El cetro de Zeus.

     —Me sentí asfixiado. Dominado. Urgido por salir del museo. La gente empezó a verme extraño porque estaba sudando como si corriese un maratón.

     —¿Y en tu cabeza? ¿Qué había?

     —Nada —Abélard seguía viendo el techo—. Solo tenía la sensación de agobio en mi pecho.

     —Háblame de las flores del puesto cercano al hotel.

     —Hermosas —Abelard se volvió a ver al médico y sonrió en grande recordando esas flores de colores vibrantes—. El aroma era… delicioso.

    —¿Qué más llamó tu atención en Paris?

     Abélard repasó sus días en la ciudad.

     —Los croissants que me recomendaste.

     El médico asintió divertido.

     —Te dije que te iban a gustar.

     —La torre Eiffel en las noches. Muy romántica. Hermosa.

     —¿Cómo conociste a las chicas?

     Abélard frunció el ceño viendo el techo.

     Se volvió hacia el médico.

     —No tengo ni idea.

     —¿Qué es lo último que recuerdas de ese día?

     —La sed de vino.

     —¿Hablar conmigo? —preguntó Silvain con los ojos hacia Abélard pero la cabeza gacha sobre sus notas.

     Abélard negó sin dejar de ver el techo.

     —¿Y qué ocurre con la estatua de Hermes o la de Dionisio?

     Abélard tensó los dedos. No sabía exactamente qué ocurría pero algo, seguro.

—No lo sé. Fue muy extraño. Primero me dio un mareo y luego no dejaba de escuchar el llanto del bebé —Abélard podía recordar exactamente lo que sintió en esos momentos—; era desesperante y nadie más parecía notarlo. No sabía de dónde provenía, si te soy sincero, porque lo busqué muy bien con la vista y cerca de mí no había nadie ni siquiera con un cochecito que pudiera indicar que un bebé estaba cerca —Abélard repasó la escena en su cabeza con los ojos cerrados—. Después, en la sala en la que me encontraba, empecé a ver cosas que…

     Se cortó porque sonaba a una completa locura.

     —¿Qué veías, Abélard?

     Abélard se quedó con los ojos cerrados reviviendo el momento en el que vio a esa gente extraña caminar entre las personas que visitaban el museo.

     Gente vestida con túnicas blancas.

     Lo veían a él.

     Caminaban por toda la sala pero parecía que lo vigilaban a él.

     —¿Abélard? —el médico volvió a preguntar.

   —Parecían fantasmas, Silvain.

     Y le explicó cómo eran.

     El médico dejó su libreta en la mesa y colocó los codos sobre las rodillas.

     Se quitó las gafas, se frotó los ojos.

     —¿Estoy loco?

     —No, pero podrías estar alucinando.

     Abélard lo vio alarmado.

     —¿Y eso es malo?

     —Nos preocuparemos por esto si vuelve repetirse. Hoy empezaremos las hipnosis, así que bebe un poco de agua —señaló el vaso—, y ponte cómodo porque empezaremos ahora mismo.

***

     Sofía llegó al hotel que tenía reservado en Requena para cubrir el evento de la Fiesta del Vino.

     Llegaba tarde porque ese día no había dejado de tener contratiempos desde que se levantó tarde porque la alarma del reloj, por la razón que fuera, no funcionó.

     Caminó hasta el mostrador y saludó con cordialidad.

     —Tengo reservada una habitación a nombre del Valencia News.

     —Enseguida verificamos, señorita León —la recepcionista le sonrió y luego tecleó algunas cosas en su ordenador.

     Sofía, en tanto, vio a su alrededor.

     El hotel no era cinco estrellas pero estaba muy bien. Tenía una decoración mediterránea que pegaba muy bien con la zona.

     Vio el reloj.

     Tenía tiempo suficiente para dejar todo en su habitación y marcharse a dar una vuelta por los alrededores.

     —Señorita —se dio la vuelta para ver a la chica que llamaba su atención y no le gustó lo que percibió en su mirada—, tenemos un problema con su habitación que intentaremos resolver de inmediato. Puede esperar sentada allí —le señaló un elegante juego de sofás que tenían frente a una chimenea—. Le llevaremos algo de tomar y en minutos vendrá el gerente para solucionar la confusión.

     Sofía volvió los ojos al cielo.

     Grandioso.

     —¿Me quedé sin habitación?

     —No, no —la mujer ya parecía que iba a ceder a los nervios—, es algo referente al servicio de limpieza de su habitación. Lo arreglaremos de inmediato.

     Sofía asintió poco convencida porque la mujer mentía muy mal.

     Ya se veía buscando habitaciones en otro lado y hablando muy mal de ese hotel en su nota de prensa. Le daba igual que fuera uno de los organizadores del evento.

     Resopló y se sentó frente a un hombre que leía el periódico muy concentrado.

    Era elegante, con buen porte.

     Sofía curvó los labios hacia abajo evaluando todo lo que veía en él porque estaba claro que no era un español y que era muy atractivo.

     Entrecerró los ojos porque le pareció, de pronto, que lo conocía de algún lado.

     Contrajo la boca. Pensativa.

     Y su cerebro empezó a trabajar. ¿De dónde se le hacía familiar el hombre que estaba frente a e…?

     Abrió los ojos sorprendida cuando encontró de dónde era que le conocía.

     Sacó su móvil.

     Activó la cámara, enfocó al hombre y le tomó una foto sin prever que tenía el sonido del móvil activado y que el obturador de la maldita cámara sonaría tan fuerte que llamó la atención del hombre, este levantó la vista hacia ella y ella, sintió su seguridad y sensatez desvanecerse.

     Se dejó consumir por los nervios haciendo que el móvil se le resbalara de las manos, rebotara en su regazo y después, se cayera al suelo.

     El hombre, como era de esperar, movió la hoja del periódico a un lado vio el móvil y se agachó al mismo tiempo que ella que salía despedida para llegar antes que él porque la cámara quedó abierta con la última foto hecha y la pantalla estaba hacia arriba.

     Tal como todo le salía al revés ese día, su impulso lo que hizo fue empeorar el asunto.

     El cabezazo que se dio contra el caballero que quería ayudarla fue tal que ambos soltaron una maldición.

     Y luego se vieron.

     Sofía temblaba.

     Él la vio entre divertido y enfadado por su torpeza.

     Recogió el móvil notando que allí había una foto de él.

    Sonrió con divertida curiosidad en la mirada.

     —Puedo preguntar… ¿por qué me estabas tomando una foto? —las rodillas de Sofía temblaron de una manera irracional ante el romántico y dulce acento francés de ese hombre.

     Lo vio absorta.

     No podía coordinar.

     Ella estaba a gatas en el suelo, viéndole a los ojos.

     Él estaba sentado, con el torso hacia el frente y abajo, casi a la altura de ella. Aún tenía el periódico en la mano libre.

     —¿Lo vas a tomar de vuelta? —dijo acercándole más el móvil a ella y Sofía, queriendo comportarse de una forma «normal», solo asintió.

     Extendió el brazo, tomó el móvil…

     —¿Todo bien por aquí? —la chica de la recepción le ofreció ayuda rápida a Sofía y esta la tomó porque quería romper el atontamiento que ese hombre frente a ella le produjo.

     —Sí, gracias —Sofía se levantó, se alisó el traje de falda que llevaba puesto ese día.

     Se sentó de nuevo en el sofá.

     —¿Mi habitación? —la chica puso mala cara.

     —Enseguida le damos razón —Sofía se pinchó el puente de la nariz.

     El hombre dobló el periódico y lo dejó a su lado.

     Se sentó en el borde del mueble, con los codos apoyados en las rodillas.

     Llevaba puesto un traje azul eléctrico que contrastaba con el gris de sus ojos y el rubio de su pelo.

     Sofía quería dejar de mirarlo pero había algo que se lo impedía.

     Él la observó de reojo y rio de lado.

     —Estás empezando a asustarme —confesó dulce y divertido.

     ¿Sofía escuchaba música celestial?

    ¿Qué demonios pasaba con ella?

     Parpadeó.

     —Lo siento. Todo —empezó a mover las manos de esa forma frenética en que las movía cuando estaba inmensamente nerviosa—. Te juro que de inmediato borro la foto y… —sacó su móvil del bolso, abrió la carpeta de fotos mientras le enseñaba a él el aparato y pulsó el icono del bote de basura cuando la foto recién tomada de él, estaba en pantalla—. Mira, ya está, borrada.

     Le sonrió y pensó que debía parecer idiota.

     Él la vio suspicaz.

     —Eso no responde a mi pregunta.

     —¿De dónde nos visitas? —Sofía quería evitar responder a la pregunta de él.

     Él sonrió y negó con la cabeza.

     —Burdeos.

     Sofía sintió interés, bueno, más, por saber más de él porque venía de la zona a la que ella soñaba con regresar en unas semanas.

     Recordó que aún no tenía la invitación a ese evento y que se quedaba sin tiempo y sin ingenio para conseguir una.

    —Hablas muy bien español.

    —Mejor de lo que pensaba —bromeó el.

     Ella empezó a notar que se relajaba y cruzó las piernas, seductora, dándose cuenta de su acción cuando él la vio con sorna.

     Bajó la mirada y de forma inconsciente, se colocó un mecho de pelo detrás de la oreja.

     —Bueno, cuando uno estudia un segundo idioma siempre cree que lo habla muy mal hasta que nos ponemos a prueba y entonces ¡BUM! Nos sorprendemos porque nos damos cuenta de que lo hablamos mejor de lo que pensamos.

     Él negó sin dejar de verle a los ojos.

     —Estoy seguro de que podría ser así pero no es mi caso. No sabía que hablaba español hasta que llegue a Madrid —ella no pudo disimular su sorpresa—. Una larga historia sobre mi amnesia traumática a causa de un accidente.

    Ese hombre era más interesante de lo que ella creía.

     El gerente del hotel se acercó a ellos.

     —Señorita León—tendió la mano y Sofía le apretó con seguridad—. Tenemos un problema con su habitación.

     —Parece que el hotel tiene problemas con las habitaciones de todos hoy —el hombre soltó con hastío y se reclinó del sofá para ver hacia arriba mejor.

     Sofía alzó las cejas esperando una explicación.

     —En realidad —continuó hablando el gerente—, es con las habitaciones de ustedes. Tuvimos un problema con algunas tuberías en el hotel y varias habitaciones quedaron clausuradas hasta que solventemos por completo el problema, por supuesto, alguien no introdujo bien los datos en el sistema y esas habitaciones siguen dentro como si estuviesen disponibles pero no lo están —suspiró—. Hemos reubicado a casi todo el mundo, solo nos quedaban ustedes dos que fueron los últimos en llegar y bueno, lo lamento, pero solo tenemos una habitación doble disponible.

     Abélard volvió los ojos al cielo y se frotó el rostro con ambas manos.

     —Pídame un taxi y consígame una habitación en otro hotel, por favor, porque lo lógico es que le deje a la señorita…

     —León —dijo Sofía anonadada por la caballerosidad del sujeto.

     —Le dejaré la habitación a la Señorita León.

     —Señor Le Brun, es usted todo un caballero —el gerente se desvivía en halagos para contrarrestar la cara de angustia que tenía—. Este evento es importante en la zona y todo está ocupado, ya hemos intentado buscarle alojamiento para resarcir nuestro error. No hemos tenido suerte.

     —¡Grandioso! —respondió el señor Le Brun—. Con premiso, haré unas llamadas a ver si puedo resolver esto de alguna manera. Espero el reembolso de inmediato —sentenció viendo al gerente con carácter y este asintió sin decir ni «mu».

    Sofía se acomodó en el sofá porque quería seguir disfrutando de la vista del hombre de traje azul eléctrico que la tenía electrizada a ella.

     El señor Le Brun.

     Sonrió divertida.

     Con tranquilidad, tomó el móvil, hizo otra foto de él. Esta vez, muy disimulada y luego se la envió a su hermana.

     “¿Puedes creerlo? El francés del video está frente a mi”

     “😲😏😏😏”

“No te imaginas lo guapo que es en persona, Alicia. ¡Y mide como cinco metros!”

“Ay, hermanita, vas a tener sexo con un francés”

“¿Tú solo piensas en sexo?”

     Alicia solo le devolvió un emoticón de carcajadas.

     El señor Le Brun cortó la llamada y se acercó a ella.

      Tenía cara de preocupación.

     —¿Pudiste resolver? —Sofía le preguntó con gran educación.

     Él negó con la cabeza.

     —No, pensaba que una amiga que tengo aquí podría conseguirme hospedaje pero resulta que no se encuentra aún en la zona, que está en Valencia o algo así me dijo y que vuelve mañana. No puedo creer que esto me esté pasando. Desde que salí de casa no he hecho más que tener inconvenientes.

     Sofía se sintió identificada.

     —Son los riesgos de viajar, pero si te sirve de consuelo, yo también he tenido contratiempos hoy para llegar aquí —lo vio compasiva y le extendió la mano para presentarse. Él le respondió dándole un apretón firme pero galante—. Soy Sofía León, por cierto.

     —Abélard Le Brun pero creo que eso ya lo sabías —Ella no pudo evitar sonreír divertida y avergonzada—. Supongo que me tomaste otra foto para pavonearte con tus amigas de que estás frente al francés del video que se hizo viral.

     Sofía sonrió más.

     —Hay que tomar las oportunidades. Pero solo se la envié a mi hermana.

     —Mmm —Abélard formó una línea con los labios—. Debería quitarte la habitación nada más que por eso.

     Finalmente se soltaron y Sofía lo lamentó tanto en su interior.

    —Eres un caballero, gracias, de verdad.

     —Bueno, ya que hay que tomar las oportunidades, aquí es cuando me tomo la mía porque me debes una cena y un paseo por la zona.

     —Encantada de ambas cosas —Sofía no pensaba protestar.

     Él la vio con los ojos entrecerrados.

     —No eres una de esas periodistas de chismes que me sigue desde que salió el video ¿no?

     Ella rio a carcajadas.

     —Nada más lejos de eso. Cubro eventos como este pero ya que estas aquí, y que te debo una cena y un paseo, va a ser genial conversar contigo para agregarlo al reportaje si me lo permites, claro está.

     —Eso te dejaría en deuda conmigo, otra vez —Le dijo divertido y Sofía sintió electricidad recorrerle desde la cabeza a los pies.

     —Podríamos empezar con la cena que el hotel tiene preparada para los asistentes al evento —propuso Sofía.

     —Suponiendo que no nos hayan quitado el puesto también.

     —O que tengamos que compartirlo —dijo ella insinuante y Abélard la vio con un brillo atrevido en la mirada.

     —Sería todo un reto comer contigo sentada en mi regazo.

     El tono de voz de él fue tan seductor que Sofía pensó que iba a tener un orgasmo ahí mismo. 

     Le mantuvo la mirada.

     —Sería divertido ver cómo resolvemos eso —Sofía se sentía más atrevida que nunca en su vida—, pero si nos quedamos sin sillas, sé de un sitio en la zona que va a darnos un servicio de primera.

     —Quizá deberíamos probar allí y tener la noche solo para nosotros.

     Ella se pasó la lengua por los labios y sonrió sin vergüenza alguna. Le gustaba el juego de él.

     —No seamos tan maleducados —le hizo un guiño—, pero quizá tienes suerte esta noche y termino prestándote una de las camas de mi habitación.

     —La que amablemente te cedí.

    Ella asintió con una sonrisa socarrona.

     —Como todo un caballero —Ella abrió los ojos como si estuviera olvidando una acotación—. La única condición es que nada de tríos en la habitación compartida.

     Abélard soltó una carcajada que le hizo reír como una tonta adolescente.

     Ese hombre parecía el sol que iluminaba todo lo que tenía a su alrededor.

     —Condición aceptaba —la vio con intensidad y luego entrecerró los ojos con una sonrisa ladeada en su sexi boca—. ¿Eso te deja fuera o dentro de un dúo?

     —Usualmente me deja dentro —ese juego la estaba enloqueciendo—. Pero ya veremos.

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

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Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma y por ningún medio, mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor.

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