el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 3

     Abélard llevaba unos días tan intensos como fascinantes en París.

     Desde que abandonó Burdeos, empezó a sentir cierta agitación en la boca del estómago que le mantenía lo que su terapeuta llamó «ansiedad» en niveles altos pero que podía controlar.

     Era como si lo dominara cierta emoción por lo que descubriría en cada paso que diera en Paris.

     Como en efecto lo estaba siendo.

     Aunque la mayor parte del tiempo hubiera estado dentro del museo.

     Llegó el martes a la ciudad, ese día el museo estaba cerrado.

     Silvain le ayudó a trazar un buen plan de recorrido porque él, aunque podría hacerlo solo investigando en la web como le enseñó Silvain, tardaría más de lo previsto y no quería perder tiempo así como tampoco quería perderse él en París.

     A su llegada, se instaló en un hotel de lujo muy cercano al Louvre que era su principal punto de interés mientras estuviera en la ciudad.

     El clima era favorable por lo que tomó un mapa y el mismo día, empezó a deambular por las calles parisinas descubriendo un lugar asombroso lleno de historia, arte y belleza.

     Armonía.

     Era eso, París era una ciudad armónica. Esplendorosa, vibrante y le inyectaba energía a Abélard.

     La primera noche casi no pudo dormir debido a la emoción que no sabía cómo calmar.

     Silvain le sugirió hacer ejercicios cuando se sintiera así por lo que a las 5:00 a. m. se subió a la máquina de correr en el gimnasio del hotel.

    Una vez se sintió más tranquilo, subió a la habitación, se dio una ducha y salió a desayunar a un café cercano que Silvain le dijo comería los mejores croissants de París.

    No quedaba la menor duda de eso y se declaraba adicto a aquel lugar en el que no solo los croissants si no el café, eran una delicia.

     Y así se encaminó el miércoles a su lugar de destino que era el Louvre.

     Resultaba que ese impactante lugar no siempre había sido lo que era ahora. En el pasado, fue una fortaleza medieval y luego un palacio real.

    De hecho, la zona en la que estaba ubicado en el barrio las Tullerías, en pleno corazón de la ciudad y según había leído Abélard, esa era una de las zonas más lujosas de París.

     Vio la pirámide de cristal y siguió su camino porque Silvain le recomendó evitar las colas de esa entrada.

     Sacó la libreta que tenía en el bolsillo de su elegante chaqueta y leyó:

     «Entra por la Galería du Carrousel o la de Porte des Lions»

     Revisó el mapa y se dirigió a la de Carrousel que era un centro comercial subterráneo pegado al museo.

     Todo estaba perfectamente señalizado y aquello le transmitía seguridad.

     Una vez llegado al lugar, no sabía decir si fue cuestión de suerte o es que era muy temprano aún, pero apenas encontró una cola de cinco minutos.

     Él ya tenía sus entradas, sí, varias, porque Silvain así le había aconsejado debido a que no le daría tiempo en un día de ver todo con tranquilidad.

     Abélard quería disfrutar con calma de su paso por ese museo.

     Sabía que podía volver cuantas veces quisiera pero en ese momento en particular de su vida, en el que no tenía bien la cabeza ni sus recuerdos, quería darle tiempo a su memoria de procesar cada detalle que observara y así quizá poder entender el porqué de aquella atracción por el arte.

     Al finalizar el primer día, estaba en la sección de la antigua Grecia, rodeado de estatuas y de vasijas cuando se sintió tan abrumado que tuvo que salir con prisas de allí.

    —Me siento como si esos dibujos quisieran hablarme, Silvain.

     Tuvo la necesidad de llamar a su psicólogo a pesar de que eran casi las 9:30 p.m. y le pareció poco apropiado molestarle.

     Pero su angustia interna lo superó y tuvo que dejar a un lado las formalidades.

     —Puede ser que hayan significado algo en tus recuerdos pasados, Abélard, es un gran avance.

     Abélard dejó caer la cabeza hacia abajo. Se sentía extenuado.

     Estaba sentado en una banqueta a orillas del Sena. Tenía los codos apoyados de las rodillas y la sensación de agobio no se le pasaba.

     —Escucha, Abélard, si no te sientes seguro, regresa a casa.

     —No —reaccionó porque no, no quería volver. No quería darse por vencido tan pronto—. Reconozco que aún estoy como aturdido por la emoción que me dominó de repente pero no voy a darme por vencido porque, como dices, esto podría significar algo importante.

     —¿Llevas la libreta que te di para tomar apuntes de las cosas que creas importantes?

     —Sí y en cuanto llegue al hotel, será lo primero que haré.

     En efecto, fue lo primero que hizo.

     «La vara de Zeus» pero luego tachó la palabra «vara» y debajo, escribió: «cetro» porque fue con eso que se sintió mareado, aturdido, confuso.

     Mucho más que cuando despertó del accidente.

     El dibujo estaba representado en una crátera que era una vasija de barro, según leyó en la inscripción de la pieza, y era en donde los antiguos servían el vino o el agua.

     Vino.

     Su boca produjo más saliva de la normal y arrugó la frente.

     Notaba que, cada vez que pensaba en el líquido color burdeos, salivaba más de lo normal.

     Apuntó también eso en su libreta.

     Vino.

     ¿Habría sido alcohólico antes?

     Porque entre la colección de vinos que tenía en casa y la necesidad de beber uno de ese momento, empezaba a creer que más que una afición como lo sugirió su médico, era un asunto de adicción.

 

***

 

     El sábado por la mañana, Abélard abrió los ojos con dolor.

     Parpadeó un poco y se quejó entendiendo que lo que le dolía era la cabeza y que cada vez que sus ojos entraban en contacto con la claridad que había en la habitación del hotel, el dolor empeoraba.

     Se frotó la cara con una mano y luego dejó el brazo descansar sobre los ojos.

     Agradeció la protección que le brindó la parte interna del codo en sus ojos y el resto del brazo en los oídos porque parecía que también el ruido, que era escaso, le producía un incremento del dolor.

     La cabeza le bombeaba.

     ¿Qué demonios le pasaba?

     —Mmmmm —un ronroneo a su la do le hizo tensarse, y sorprenderse cuando a una mano que reposó sobre la parte baja de su abdomen.

     Levantó el brazo que le protegía y, de reojo, vio a quien tenía junto a él.

     ¿De dónde había salido esa mujer?

     Abrió los ojos de golpe ya sin importarle si le dolía la cabeza o lo que fuera, con o sin luz, tenía que despertar y entender qué diablos estaba ocurriendo con él.

     Se quitó de encima la mano de la chica y se levantó de la cama para darse cuenta de que estaba completamente desnudo.

     Se volvió para verla a ella y bueno, ella también lo estaba.

     Su pecho al aire lo dejaba en evidencia.

     Se colocó la manos en las caderas, vio a su al rededor.

     Una, dos, tres, cuatro…

     ¿Cuatro botellas de vino vacías?

     Caminó hacia el pequeño recibidor que tenía su suite encontrando dos botellas más.

     Y un carito de servicio a la habitación con platos sucios.

    Dios… ¿qué había hecho?

     La habitación empezó a darle vueltas. Sospechaba que estaba a punto de sufrir uno de esos ataques que le daban cuando no se sentía a salvo.

     Se sentó en el sofá, colocó la cabeza entre las rodillas y respiró con calma tratando de relajarse como le había enseñado a hacer Silvain.

     Cuando lo consiguió, aunque no por completo, se levantó y buscó su móvil.

     Tenía tres llamadas del psicólogo y un mensaje de texto.

     “Abélard, como tu psicólogo, si no respondes a este mensaje antes del medio día del sábado, tendré que dar parte a las autoridades”

     Frunció el ceño.

     Negó con la cabeza y marcó el número del médico.

     —¿Abélard?

     —Silvain, ¿Qué ocurre?

     —Dímelo tu a mí que me llamaste ayer en la tarde hablando un montón de cosas que supongo que son recuerdos, aunque sonaban a incoherencias; y luego no supe más de ti a pesar de que te pedí expresamente que me llamaras al llegar al hotel. Tienes suerte de que el personal del hotel no se perdiera el show que armaste con dos chicas en el lobby y que tampoco te denunciaran por obscenidad en la vía pública. Gracias a ellos, supe que estabas bien, y muy borracho, en tui habitación.

     ¿Dos chicas? Abélard no entendía nada.

     —No recuerdo nada de lo que dices.

     —Así estarías.

     —Me duele la cabeza tanto que no puedo ni pensar.

     —Bueno, será mejor que pongas todo en orden porque mañana regresas a casa y…

     —No, no, voy a regresar hoy porque… ¿Qué hice, Silvain? No recuerdo nada de lo que hice.

    El médico dejó salir el aire.

     —Escucha, nada haces angustiándote ahora porque con la resaca y el dolor de cabeza vas a empeorarlo todo. Relájate, quédate allí o regresa a casa pero no te tortures averiguando qué hiciste o qué no. Deja que los pensamientos lleguen solos a ti.

     Abélard escuchó que la chica se removía en la cama.

     Se dio la vuelta y la vio caminar desnuda hasta el baño.

     Tenía un buen trasero.

     —¿Abélard? —El médico lo trajo de regreso a la realidad—. ¿Me estás escuchando?

     —Sí, sí, Silvain, lo siento. Oye, tengo que dejarte, te llamo cuando esté en el tren.

    Se despidieron y Abélard buscó un short para ponerse encima.

     La chica encendió la ducha, unos minutos después, salió del baño regalándole una sonrisa que Abélard no supo cómo interpretar.

     ¿Qué diablos había hecho o dicho?

     —Buenos días.

     —Buenos días —respondió dudando de todo.

     La chica lo vio divertida mientras rebuscaba su ropa por el suelo.

     —¿Cómo te sientes?

     Abélard la vio con interés.

     —Con un malestar del demonio.

     Ella soltó una carcajada.

     —No lo dudo. Así como tampoco dudo tu resistencia al alcohol. Nunca había visto a alguien bebiendo tanto sin caer en un coma etílico.

     No sabía exactamente de qué hablaba ella pero en ese momento no iba a ponerse a investigar nada.

     —Quizá estoy acostumbrado.

     —Me lo dijiste anoche, varias veces. Que te gustaba el vino tanto como mis gemidos.

     Abélard abrió los ojos avergonzado.

     Ella rio. Ya tenía puesta la camisa, la falda y ahora se colocaba una especie de botines en los pies.

     —No recuerdas nada de anoche, ¿verdad?

     Abélard negó con la cabeza, muy avergonzado por su comportamiento.

    —Lo siento. Siento que esto… Es decir… tú y yo…

     Ella se acercó y se puso de puntillas para darle un beso fugaz en una mejilla.

     —Tú y yo en una noche, nada más, Abélard. No estoy interesada en nada permanente en mi vida en este momento. Sin embargo, eres la compañía perfecta para pasarla bien y tener sexo del bueno. Nos vemos en una semana.

     Él arrugó la frente y ella negó con la cabeza.

     —Eres un poco impulsivo, no dudaste ni un segundo en comprar un pasaje para ir a España la próxima semana. Tienes los recibos en tú correo; pasajes y estadía. Soy de ese rincón del planeta y estaré allí. También tienes mi móvil para que me llames en cuanto llegues. Nos la vamos a pasar muy bien, lo prometo. Podemos hacer otro trío como el de anoche.

     Le hizo un guiño y salió de la habitación contoneando las caderas de una forma que despertó el apetito sexual de Abélard pero no era el momento.

     No.

     Era solo el momento de descubrir qué estupideces hizo mientras estuvo borracho y cancelar cualquier pasaje a cualquier lugar del mundo porque no estaba en condiciones de viajar.

     Ya lo había dejado muy claro.

 

***

 

     —Quizá después del evento, podemos irnos de copas.

     —Ni lo sueñes —protestó Sofía de inmediato antes su hermana—. Hace una semana quedé inservible y no me acuerdo ni del nombre del tío que durmió en mi cama.

     —Bueno, para eso estamos en la edad de divertirnos. En unos años, vamos a tener que empezar a buscar maridos —Sofía volvió los ojos al cielo—. Por cierto, visité de nuevo a la vidente y…

    —Por el amor de dios, Alicia, ya para, ¿cuántas veces al mes?

     —Las que sean necesarias para poder aclarar mi futuro.

     —Tu futuro está clarísimo, querida. Vas a estar en la quiebra pronto como sigas así.

     —Nada de eso, porque Cole me está enseñando a proyectar mi energía para atraer todo lo que quiero a mi vida —Alicia le hablaba frenética—; ¡estoy tan feliz de este equipo que tengo en mi vida!

     Sofía no podía creerse lo que estaba escuchando.

     ¿Equipo?

     —¿Es en serio, Alicia?

     —Por supuesto, yo sé que tu no crees en nada de estas cosas pero es que tienes que escuchar a Cole Rigas en vivo. Toda tu percepción del mundo, del universo, va a cambiar, te lo prometo.

     Sofía vio al cielo.

     ¿Cómo había llegado allí?

     Ah sí, la extraña manía que tiene de complacer a su hermana en cada una de esas locuras.

     Entraron al auditórium que aún estaba vacío.

     —Vamos.

     Alicia tiró de ella para que acelerara el paso.

     —¿A dónde vamos?

     —Al área VIP porque yo pertenezco a esa zona.

     Sofía, en serio, no podía creerse lo que escuchaba.

     —Alicia, ¿cuánto dinero estás gastando en eso?

     —El que sea necesario, pero si tu preocupación es que no cumpla con mis responsabilidades y me quede en la calle porque estoy ampliando mi mente y expandiendo mis oportunidades, puedes quedarte tranquila. Nada de eso va a pasar. Soy adulta y responsable.

     —¡¿Responsable?! ¿Te parece responsable ver videntes y gurús del éxito?

     —Cuando mis sueños se materialicen, vas a querer hacerlo también tú, idiota; agradece que te estoy dando un puesto especial hoy aquí. ¡Lo vamos a conocer! ¡Uiiiiiiiiii! —Alicia agitó los brazos y los ojos le brillaron de forma genuina y muy irracional.

    ¿De verdad podía ser tan ingenua?

    ¿No se daba cuenta de que le estaban estafando?

     Siguieron los letreros hacia el área VIP y entraron a un espacio cuadrado con butacas reclinables, mesoneros y una pared de cristal que tenía una vista muy privilegiada de la tarima.

     Para sorpresa de Sofía, Alicia no era la única ingenua. De hecho, la sala estaba al máximo de su capacidad y se molestó mucho con la humanidad por creer en esos tipos que jugaban con las emociones y sueños de los demás.

     Se cruzó de brazos.

     —Buenas noches, señorita León —un mesonero saludó a Alicia como si ella fuese de la realeza. Aquello el enfurecía más porque eso solo decía que Alicia había tirado a la basura mucho dinero—. ¿Champaña?

     —Gracias —tomó dos copas y una se la dio a Sofía que la recibió de mala gana.

     Alicia la vio y resopló con los ojos en blanco.

     —Joder, Sofía, por una vez en la vida disfruta de algo de lo que me gusta a mí. No he debido traerte porque con tu mala leche seguro que no consigo conectarme bien con Cole.

     —¿Y es que Cole es mágico? —Sofía le preguntó irónica pero también con sentimiento de culpa porque lo que decía Alicia era verdad. No podía compartir con ella esos gustos por lo místico.

     —Me gustaría serlo —un hombre habló detrás de ellas en un español bastante rudimentario y Alicia se puso blanca.

     Sofía respiró profundo, cerró los ojos y se dio la vuelta fingiendo la diplomacia que su cargo en el periódico le enseñó a desarrollar.

     La gente que estaba en torno a ellas se fue acercando para saludar al personaje que ahora veía a Sofía con una ceja elevada y una sonrisa sobrada que le produjo nauseas.

    —Permíteme presentarlo.

     —Presentarme —corrigió Sofía. Alicia le dio un codazo.

     —Sr. Rigas, perdone a mi hermana —Alicia le habló en inglés aunque su inglés era tan rudimentario como el español de Cole. Sofía se defendía mejor pero no iba a ponérsela tan fácil al estafador.

     Cole extendió el brazo de nuevo hacia Sofía.

     —Permíteme presentar…

     —Me —la interrupción sarcástica de Sofía le hizo sonreía a Cole.

     —Presentarme —Sofía asintió con indiferencia cuando él pronunció bien toda la palabra—. Soy Cole Rigas.

     Sofía no iba a quedar mal frente a la gente que la observaba.

     —Sofía León.

     —¿Sois hermanas?

     —Ujum —respondió Sofía.

     Cole Rigas sonrió con diversión y sarcasmo.

     Llamó a uno de los mesoneros. Le dijo algo en el oído.

     —Síganme, por favor —indicó luego el mesonero a ellas.

     Alicia casi rompe a llorar y Sofía se prometió que no soltaría la copa porque le serviría de arma en caso de que las llevaran a un lugar en donde estuvieran en peligro.

     No se fiaba ni de su sombra allí.

     Pero el peligro latente era una habitación más privada que la anterior.

     Con mejores atenciones, más champaña, más comida.

     —¡No me lo puedo creer! —Alicia iba a estallar de la felicidad, la conocía—. Sofía esta es la sección en la que podremos recibir una asesoría personalizada de Cole después del evento, sin límite de tiempo y con monitoreo durante unos meses. Todo personalizado. ¡Ahhhhhhh!  —dio varios saltos y gritó sin que se le escuchara más de lo necesario.

    —Grandioso —acotó Sofía obstinada.

     Tanto como estuvo las siguientes dos horas, mientras el tal Cole Rigas estaba en la tarima.

     La esposa de Marcos, su jefe, era fan del cretino de la tarima también.

     Alicia no despegaba la vista del cristal y no se quitó los audífonos durante todo el evento. Apuntaba como loca cosas en la libreta que el personal le diera a cada una con todo un paquete de bienvenida que Sofía no le interesaba ver.

     Escuchó por cortesía la primera media hora de la charla del hombre pero en cuanto empezó a profundizar en la expansión del pensamiento, la meditación como herramienta para conectarse con universo y a decir que todo lo que piensas puedes materializarlo, ella decidió que ya había escuchado demasiado y que era hora de hacer algunas notas que necesitaba entregar a la redacción del periódico sobre los eventos que cubrió esa semana.

     Tenía Wifi, aire acondicionado y champaña.

     Estaba muy inspirada.

     Recuperó la noción del ahora cuando su hermana resopló satisfecha y se quitó los audífonos.

     —Estoy en las nubes. Me siento como bañada por la escarcha de cole.

     —Ay, Alicia, por dios, esa mierda sonó horrible, cariño.

     Alicia sonrió en burla a su hermana.

     Eres muy gruñona.

     —Realista.

     La puerta se abrió y Sofía decidió quedarse en silencio.

     Varios mesoneros sirvieron una mesa con platos de comida que hicieron a Sofía babear.

     Cuando estaban a media comida, la puerta se abrió de nuevo y Sofía vio a Cole sonreírle desde allí.

     Se acercó a ellas.

     —¿Qué les pareció?

     —Estupendo y muy motivador —Alicia fue la primera en abrir la boca, le dio un puntapié a Sofía debajo de la mesa para que se quedara callada.

     Esta estuvo totalmente de acuerdo porque quería analizar al estafador.

    Después de escucharle llenar de mierda «personalizada» la cabeza a su hermana, le dijo a ella:

     —Mi asistente me dijo que usted cubre eventos para El Valencia News. Conozco a Marcos y su esposa.

     Sofía levantó al ceja molesta. Ahora iba a jugar la carta de sus conocidos para hacer peso y que ella cambiara de actitud. Pues no lo iba a hacer. Además, no estaba allí por trabajo.

     Cole Rigas la vio satisfecho imitando su gesto con la ceja y una mirada que erizó a Sofía.

     El hombre era guapo.

     Mucho.

     Quizá por eso embobaba a las mujeres, porque con esos ojos y esa sonrisa, bueno, sí…

     Cole Rigas sonrió de lado y le hizo sentir avergonzada, por un momento, se sintió descubierta en sus pensamientos.

     —Ya sé que me cree un charlatán y que no cree en nuestro movimiento pero le prometo que le hemos cambiado la vida a muchas personas al rededor del mundo.

     —No conozco a ninguna —respondió Sofía con sobrada seguridad.

     —Lo sé pero le voy a demostrar que la vida de su hermana va a cambiar porque yo le voy a enseñar las herramientas para hacerlo y ella tiene mucha buena energía, que es el elemento principal aquí.

     —Mmm —Sofía no podía ser más irreverente.

     Cole Rigas sonrió de nuevo, divertido.

     —Me gusta conquistar a la gente escéptica, señorita Sofía, y créame que las conquisto.

    —No soy escéptica, señor Rigas, soy realista y creo en mí; no en la energía divina.

     —Estamos hechos de energía. Se lo voy a demostrar. Hagamos un trato —Sofía iba a protestar cuando recibió otro puntapié de Alicia—. Cuando las cosas empiecen a manifestarse en la vida de su hermana, usted y yo nos reuniremos a solas porque le voy a ayudar a manifestar mucho en su vida… y en la de otros.

     Le extendió un pequeño rectángulo de cartulina de hilo, elegante y de color beige.

     Una tarjeta de presentación.

     —¿Qué me dice? —la mirada de ese hombre llena de seguridad y optimismo le hizo dudar de su propia seguridad.

     Sofía extendió el brazo para levantar la tarjeta porque le daba curiosidad que le diera una tarjeta en blanco.

     Pero al darle la vuelta, se dio cuenta de que no estaba en blanco.

     Tenía un símbolo que abarcaba casi toda la tarjeta.

     Estaba impreso en dorado con un troquel que lo hacía ver en relieve y también tenía una numeración a un lado.

     Sofía no había visto esa imagen antes.

     Alicia abrió los ojos sorprendida y entonces se imaginó que le estaban dando algo especial de un círculo exclusivo.

     Más que el VIP.

     —Es la tarjeta de acceso directo contigo —Alicia estaba anonadada.

     Cole asintió sonriendo y viendo a los ojos a Sofía.

     —Así es y te prometo que cuando estés lista, la vas a usar.

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

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Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

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