el concilio de los dioses. Abélard y Sofía
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El concilio de los dioses:

Abélard & Sofía

Capítulo 2

     —Buenos días, Silvain —Abelard entró en el consultorio de su nuevo psicólogo con la esperanza de poder dar con algo en su cabeza que desencadenara sus recuerdos y le dijera quién diablos era.

     —Abélard, muy buen día, pasa.

     Silvain  Durand era un hombre quizá unos diez o quince años mayor que Abélard; vestía un clásico Blazer de Tweed con coderas y una pajarita en el cuello de su camisa blanca.

     Parecía que era el look para ir al consultorio porque la primera vez que Abélard lo vio, vestía de la misma manera.

     Incluso, llevaba puestos los mismos zapatos desgastados y parecía que no ponía gran cuidado en el aspecto de su cabello porque lo tenía siempre despeinado.

     El psicólogo lo observaba con intriga.

     —Me gustaría saber qué piensas.

     —En cosas que conozco pero que no sé cómo las conozco.

     El Dr. Durand lo vio ahora con gracia y compasión.

     —Ya te dije en la primera consulta que es normal. Tu amnesia te quita la memoria pero no las cosas que están intrínsecas en tu personalidad o que has aprendido a lo largo de los años —el médico empezó a tomar notas en su libreta. Abélard estaba sentado frente a él—. Es normal que sientas ansiedad pero lo iremos trabajando y vas a mejorar. Estoy seguro. No eres el primer paciente que trato con la misma condición y he tenido excelentes resultados con todos. Por ello tomé tu caso cuando el Dr. Garnier me contactó.

     Abélard recordó la cita con el Dr. Garnier esa semana y la sorpresa del hombre en hacerle los exámenes físicos tras su salida del hospital y más, después de la operación tan delicada que le hicieron.

     No dejaba de atribuir su recuperación a un milagro a pesar de que le aseguró, repetidas veces, que era un hombre de ciencia y no de fe.

     —Debo confesarle que me está costando acostumbrarme a esa sensación de que las acciones que hago me resulten familiares. Sé lo que debo hacer o cómo debo reaccionar ante algunas cosas pero soy incapaz de recordar cómo lo hacía antes.

     El Dr. Silvain asintió sin despegar la vista, y su mano, del cuaderno de notas.

     —Cuéntame de tu semana. ¿Cómo te ha ido?

     —Bien —Abélard se encogió de hombros—; bueno, eso creo. Fui al banco como usted me recomendó para poder entender de dónde procede el dinero que tengo. Me llevaron a una bóveda especial y con mi huella dactilar abrimos una caja de seguridad en donde estaban algunos documentos de compras de acciones en compañías importantes, según estuve investigando.

     —¿Algo de eso te resultó familiar? ¿Algo en particular que hayas visto en tu cabeza, un flashback de lo que pudiera haber sido otra visita a esa parte del banco?

     Abélard negó con la cabeza.

    —No, del pasado nada pero no me sentía como un idiota dentro del banco.

     —Cuando dices que no te sentías como un idiota, ¿es que sentías que sabías los pasos que debías dar?

     —En parte —levantó un solo hombro—. Digamos que cuando me dejaron a solas en la sala para sacar lo que había en la caja de seguridad, empecé a sentirme nervioso porque no sabía qué debía hacer después. El hombre del banco vino a ver si todo estaba bien. Creo que yo debía llamarle o algo así cuando terminara y como no lo hice, se preocupó.

     —¿Había más cosas en la caja?

     —Sí, documentación personal y de la casa en la que vivo que figura como mía. Así como del coche que aun temo usar y dinero en efectivo —sacó su billetera del bolsillo interior de su chaqueta y de la misma, sacó una tarjeta de presentación. Se la extendió al psicólogo—. Y esto.

     El Dr. Durand la tomó y la analizó.

     Era una tarjeta elaborada en una cartulina de hilo costosa con una única imagen en una impresión dorada y que parecía ser parte de un emblema.

     El médico frunció el ceño.

     —¿Tienes idea de qué puede ser?

     —No, es primera vez que lo veo —respondió el médico—. Podemos buscarlo en internet y ver de qué se trata. ¿Me dejas hacerle una foto?

     —Por supuesto.

     —Ven, te enseño como hacerlo —aunque Abélard parecía sentirse familiarizado con las actividades del día a día y, en ocasiones, saber cómo tener que resolver algo, el Dr. Durand se dio cuenta que no ocurría lo mismo cuando hablaban de internet, redes sociales, Google entre otras cosas.

     Abélard se acercó y vio lo que el hombre hacía en su móvil.

     Subió la imagen al buscador y apretó buscar.

    Un segundo después, Google les decía que no tenía nada relacionado con la imagen que le fue dada.

     Abélard no se sorprendió porque todo le llevaba a un maldito callejón sin salida.

    Ambos resoplaron con frustración.

     El médico tomó notas y Abelard ocupó su asiento nuevamente.

     —Hubo algo que me tranquilizó en el banco y ahora.

     —¿Qué es?

     —Que no hayan saltado las alarmas en cuanto llegué al banco.

     —¿Por qué tendrían que haber saltado?

     —Porque no sé quién soy, Dr. Durand; y esto del accidente, no tener nada que pueda relacionar a mi pasado, no tener ninguna persona que me pueda ayudar que haya pertenecido a ese pasado, me da para pensar muchas cosas.

     —¿Cómo cuáles? Te siento un poco paranoico.

     —Me siento nervioso. ¿Qué tal si mi accidente no fue casualidad?

     —No hay evidencia en los informes policiales de que no haya sido casualidad, Abélard. Yo mismo hablé con la policía.

     —Lo sé, yo también lo hice pero es que todo es tan extraño —lo vio con cansancio—. Tengo mucho tiempo libre y no sé qué hacer con ese tiempo. Lo que me lleva a pensar y pensar. Creo que voy a enloquecer —bufó divertido— más, claro.

     —No estás enloqueciendo ahora ni lo harás después. ¿Qué más descubriste de ti en tu casa?

     —Qué tengo una colección de vinos muy cara.

     El médico curvó la boca hacia abajo denotando sorpresa y curiosidad.

     —Quizá es tu afición, es bueno que vayamos sabiendo más de ti. ¿No has encontrado alguna agenda que te dé algún número para llamar a alguien?

     —No. Tal como le dije en la primera consulta, mi casa está vacía de cualquier papel, a menos que sea papel del baño o de cocina.

     —Y qué hay con Google, has puesto tu nombre y apellido como te enseñé y…

     —Soy un maldito fantasma —El médico continuaba tomando notas—. ¿Entiende ahora por qué le digo que tal vez soy un mafioso, narco o quién sabe qué más?

     —¿Tu sientes que pudieras ser algo de eso, Abélard?

     Se quedó viendo por la ventana del consultorio. Se había hecho esa pregunta durante esos días.

     —No, no me siento capaz de hacer daño a alguien o de querer vivir una vida peligrosa. Pero sí alegre.

     Consiguió atraer la mirada del médico que lo vio con sorna.

     —Explícate.

     —No sé, de pronto pienso en el arte, el vino, las mujeres e incluso el teatro y mi humor cambia por completo. Es como si esas cosas me dieran tranquilidad y seguridad. Pasé por una librería y salí de ahí con una buena compra de libros de arte, de teatro, del festival de Cannes. Los leí y hay algo que me hace sentir en una zona segura cuando pienso en esas cosas. Estuve investigando más en internet como me enseñaste a hacerlo y quisiera visitar el Louvre, ¿crees que pueda hacerlo?

     —No veo por qué no puedas. Quizá debas seguir por esa vía para poder profundizar en tu pasado.

     —También lo pensé y no puedes imaginarte la emoción que siento al pensar en que das el visto bueno para que vaya allí.

    El médico notó la alegría genuina en la mirada de Abélard.

     —Ve a París. Puedes hacerlo en un tren directo. Pasea unos días por la ciudad, ve al museo y regresa antes de nuestra próxima cita, eso sí. Porque empezaremos las sesiones de hipnosis para profundizar en tus recuerdos y empezar a llenar los vacíos que tienes.

     —Eso me da un poco de miedo.

     —No te preocupes, como te dije, todo saldrá bien —el médico tomó un par de notas más y luego lo vio con diversión—. Podrías también tomar un curso de enología, visitar viñedos y ver qué tanto nos aportan esas actividades a tu recuperación. Tengo el presentimiento de que te vendría bien hacer exploraciones en esos campos que te dan seguridad. La única condición es que no te saltes las consultas y que me llames para cualquier cosa que necesites. Además, si en algún momento no te sientes en una zona confortable y segura, regresas a casa de inmediato y me llamas. ¿Entendido?

     —Eso haré.

***

     Faltaban quince días para el evento del vino en Requena y Sofía ya tenía todo listo para poder asistir y hacer una nota de prensa estupenda como las que acostumbraba hacer.

     Solía ir con un fotógrafo a los eventos pero, en esa ocasión, no le sería posible; dos de los fotógrafos del periódico se dieron de baja por enfermedad y el que quedaba, estaba que no daba para más.

     Además, era padre soltero y no tenía con quién dejar a su niño para irse a Requena un par de días con Sofía.

     Por lo que, ella misma se encargaría del asunto y, en esos días, estaba tomando algunas recomendaciones de parte de Pedro, el fotógrafo disponible en el periódico que le dejaría su equipo con la condición de que lo tratara como si fuera su vida.

     No había ni que mencionarlo. Ella era responsable y cuidaría de no traicionar la confianza de Pedro.

     De todas maneras era un equipo extra el que le estaba prestando y eso la tranquilizaba más todavía.

     Terminó de revisar todos los papeles que tenía en la mesa del comedor cuando sonó el móvil.

     Alicia.

     —Tengo varios días que no sé de ti.

     —He estado a tope con los eventos a los que he tenido que ir y a los que debo ir todavía. De hecho —vio su reloj—, en dos horas tengo que asistir a uno en el Ayuntamiento.

     —Oh y yo que te llamaba para que vayamos a cenar y luego, no sé, a bailar.

     —A cenar no creo que llegue pero a bailar sí. ¿No vas a tratar de emparejarme con nadie no?

     —No, más bien vamos de cacería.

     —No tengo ganas de cazar nada, cariño, estoy bien como estoy.

     —Yo no, quiero una noche de sexo intensa.

     Sofía negó divertida.

     —No tienes remedio, Alicia.

     —El sexo es saludable. Deberías practicarlo más a menudo.

     —Lo hago, solo que en soledad.

     Ambas rieron.

     —No es lo mismo, la sensación de que un hombre de verdad está ahí, respirando tu aroma, besándote, tocándote entera…

     —Es momento de colgar antes de que tú también practiques sexo en solitario mientras hablas conmigo.

     —Iuuuuuuu que asco.

     —Lo sé, por eso es mejor que nos digamos adiós.

     —Te envío la ubicación del local luego.

     —Besos.

     Sofía colgó y rio.

     Fue a la cocina, tomó un vaso. Lo llenó de agua.

     Tenía tiempo para poder arreglarse con calma, por lo que se daría una vuelta por las webs de los viñedos en Burdeos para ver si conseguía una maldita entrada al evento que el año anterior pudo cubrir gracias a si estúpido ex y que ahora, no tenía cómo diablos conseguir invitación.

     Era una búsqueda que hacía todos los días.

     La esposa de Marcos le estaba ayudando con algunas amigas con influencia que tenía en Burdeos y quizá tendrían suerte.

     Ojalá, porque le apetecía volver al lugar y crear nuevos recuerdos que no estuviesen patrocinados —o intervenidos— por su ex.

     Algo le decía que conseguiría esa invitación y que, además, conseguiría crear buenos recuerdos en ese lugar que consideraba especial y que le pertenecerían solo a ella.

Serie: El concilio de los Dioses

Libro 1: Abélard y Sofía

Copyright © 2021 Stefania Gil

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Los personajes, lugares y eventos descritos en esta novela son ficticios. Cualquier similitud con lugares, situaciones y/o personas reales, vivas o muertas, es coincidencia.

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