Para lectores

No pienso dejarte ir (primeros capítulos)

Queridos lectores:

Esta semana he estado súper ocupada con el cercano lanzamiento de mi próxima novela «No pienso dejarte ir» que actualmente se encuentra en preventa en formato digital en todas las tiendas amazon y a partir del 24 de Febrero estará disponible en versión impresa también.

Hasta el 24 de febrero, la versión digital estará a PRECIO ESPECIAL DE PREVENTA, así que si te atraen las primeras páginas que voy a dejarte aquí más abajo, pues CORRE A COMPRARLA

Tal como les he venido anunciando, esta novela pertenece a la serie Reencuentros y es autoconclusiva como las demás.

Mi idea con la serie Reencuentros era hacer novelas totalmente independientes con personajes que no estuvieran relacionados de ninguna manera. Pero nunca controlo la voluntad de mis personajes y los dejo hacer lo que quieran consiguiéndome —de pronto— sumergida en una serie de novelas que cada una habla de la historia de los hermanos Eldridge y al final, me quedaba un personaje con el que no sabía qué hacer. Sin embargo, la inspiración acudió pronto y me dio unos detalles importantes que le dieron pie a un cuarto libro que está pautado para este año también.

A una semana del lanzamiento, quiero compartir con ustedes las primeras páginas. Para los que no han leído las dos novelas que ya están publicadas, les quiero comentar que los prólogos de estas novelas es un «capítulo» en la adolescencia de los personajes que los marcó en el amor para siempre. ¿Recuerdas tu primer amor? Bueno, así les pasa a ellos, con la suerte de que ese amor perdura en el tiempo y el destino confabula para que haya un reencuentro que los devolverá a los brazos de las personas que más han amado en sus vidas.

El prólogo de esta tercera novela no es tan intenso como los anteriores, por una razón que descubrirán cuando lo lean completo  recuerda que estará disponible a partir del 24 de febrero.

Ahora sí, te dejo las primeras páginas aquí. Escribe tu opinión, dudas, o lo que quieras decirme abajo en la caja de los comentarios.

 

Prólogo

 

Desde muy pequeño, Calvin Eldridge dio muestras de que su vocación estaría junto a la justicia ejerciendo como abogado que lucharía por demostrar la verdad de aquello que defendía. Tenía un don mágico con las palabras para captar la atención de quienes le rodeaban. Todos quedaban en silencio demostrando respeto ante sus palabras, que siempre eran coherentes y con argumentos tan sólidos que ni el más sabio de los hombres habría sido capaz de discutir con él.

No por ser niño, no. Nadie se atrevía a discutir con él porque Calvin no dejaba espacio para que nadie pudiera refutar alguno de sus argumentos.

Su padre supo que sería abogado, no había que ser un genio para darse cuenta de eso y el hecho de haber pasado algunos veranos en casa de los Wagner favorecía a la pasión de Calvin por aprender a hacer del mundo un lugar mejor y justo para aquellos que lo necesitaban.

Así era como este pequeño genio de los discursos, a tan corta edad, era el preferido por William Wagner, buen amigo de Baltashar Eldridge.

—Prométeme que cuando tu hijo acabe la universidad, me lo enviarás al despacho de inmediato —William Wagner vio con interés a Baltashar.

—Lo haré, siempre y cuando quiera defender a la gente en su tiempo libre, Willi —Eldridge bufó—. Mi primogénito será arquitecto como yo.

Ahora el bufido salió de la boca de William.

—¿No sabes ver el potencial de tu hijo, Baltashar? Ese muchacho nació para ser abogado.

Ambos estaban recostados del marco del alto y elegante ventanal de la lujosa mansión Wagner, cuya vista daba directo al mar en donde estaban los niños jugando y riendo como siempre lo hacían.

—Tenemos buenos hijos —comentó Eldridge sonriendo complacido y después sorbió un poco de su Whisky.

—Los estamos criando bien, hombre. Como debe ser. Tu mujer y la mía son las mejores poniendo orden —Wagner hizo una pausa viendo risueño a su hija—.  Porque yo confieso que soy un idiota frente a Bridget. Es la luz de mis ojos.

—Y te entiendo —aseguró Baltashar—. Mi pequeña Alex no me ve como los dos rufianes que no hacen más que discutir entre ellos.

Hubo un silencio y Baltashar volvió a hablar.

—¿Cómo lleva Mary Joe la última pérdida que tuvieron?

Wagner bajó la cabeza y fue cuando se fue a sentar directo a la silla de cuero detrás de su imponente escritorio de madera maciza.

Baltashar lo siguió y se sentó en las sillas frente al escritorio.

—¿Qué ocurre, Willi? —Baltashar empezaba a inquietarse.

—Mary Joe y yo no podremos volver a tener niños porque podríamos poner en riesgo su salud. La última pérdida por poco nos hizo perder a Mary y… —William no pudo continuar porque los recuerdos le hicieron un nudo en la garganta. Baltashar no quería interrumpirlo, aunque lo iba a reprender por no haberle comunicado la historia entera—, no hubo tiempo para decidir. Tuvieron que extraerle el útero porque no paraba de sangrar. Ya te digo —lo vio con espanto—, por poco se nos va.

Baltashar se frotó el rostro con las manos.

—¿Cómo es que hasta ahora me cuentas esto? Se supone que para eso estamos los amigos, para darnos apoyo en un momento como ese que viviste.

—Lo siento, lo sé. Pero en el momento no tenía cabeza para decirle nada a nadie, Baltashar, y después, qué más daba. Con decir que habíamos tenido una pérdida era más que suficiente.

Baltashar rellenó los vasos con la bebida.

—Por fortuna, la llegada de María a esta casa ha sido una bendición. Mary y ella la pasan muy bien juntas y creo que ha sido la mejor terapia para mi mujer. La sangre latina parece unirlas y la verdad es que la alegría que irradia María es única. Hasta yo me siento feliz cuando ella está junto a nosotros.

Baltashar lo vio con duda.

—Jamás te atrevas a pensar que yo podría engañar a mi mujer. ¿Es que acaso no me conoces? —William parecía realmente ofendido—. Es como si yo pensara que tú podrías hacer lo mismo.

—Ni porque estemos atravesando una crisis. Sería incapaz de engañar a mi querida Abie. Y sé que tú tampoco le harías algo así a Mary, solo lo decía para fastidiarte.

Ambos rieron.

—Entonces, ¿Mary Joe está bien emocionalmente y aceptó que ya no vendrán más niños?

—Sí. Lo peor ya lo pasamos y está todo superado por fortuna, como te dije. Además, Elena, la niña de María, se está convirtiendo en la suplente a ese hijo que ambos queríamos y no conseguimos después de Brie.

—Mientras no te traiga un problema con el Ama de llaves —comentó Baltashar en referencia a María.

William negó con la cabeza.

—No, amigo, tenemos un límite. Sabemos que estamos muy encariñados con la niña y trataremos de darle todo lo que esté a nuestro alcance para que sea una mujer de bien como nuestra Brie. María es madre soltera y ha tenido una vida llena de problemas y malos tratos. Nos estamos encargando de su residencia en el país, la familia con la que estaba aquí en Estados Unidos, le estaba dando un trato que no había sido el que acordaron y por supuesto, ella quiere velar por la seguridad de su hija. Nos ha demostrado ser buena persona. Solo queremos lo mejor para ellas. No pretendemos ocupar un puesto que no nos corresponde y María lo sabe, pero también sabe, y entiende, todo lo mal que la pasó mi mujer —Willi levantó los hombros—. Creo que es solidaridad maternal entre mi mujer y ella. La verdad es que la niña se deja querer y está muy bien educada.

—Lo he visto. Se sigue dirigiendo a mí como el Sr. Eldridge y a mi mujer le dice Doña Abie.

Ambos soltaron una carcajada.

—Alex dice que Elena a veces la pone nerviosa —rieron de nuevo—. Lo que me sorprende es que Elena no corra cada vez que mi Alex se le acerca.

—Es que tu Alex es la más traviesa de todos.

Baltashar sonrió con mucho orgullo.

—Sí que lo es.

—A ver si cuando sea adolescente vas a seguir sonriendo igual.

—Pero bueno, hombre, no me amargues el rato —Baltashar sorbió otro tanto de su bebida—. Que va, seguro que seguiré estando muy orgulloso de ella aunque me vuelva loco con su carácter.

—Bueno, dejemos de pensar en el futuro y vayamos a disfrutar del presente. Vamos a la playa con las mujeres y los niños que el día está para hacer una buena barbacoa a orilla del mar.

Se levantaron y caminaron hacia la puerta.

—Pero aun no me prometes que me enviarás a Calvin cuando acabe la universidad.

—¿Para qué? ¿Quieres que te diseñe una nueva casa? —Baltashar le dio unas palmadas en la espalda a su amigo.

Ambos sonrieron divertidos y salieron, la promesa estaba ahí, aunque Eldridge nunca la pronunció.

El también veía el potencial de su hijo para ser abogado y si Calvin decidía estudiar derecho, Baltashar no dudaría ni un instante de ponerlo a trabajar junto a William para que tomara experiencia en el mejor bufete de abogados del país.

 

***

 

Calvin era feliz en su hogar con la familia que le había tocado en la vida.

Su padre era su héroe y su madre, lo más sublime y delicado que había conocido en el mundo. Calvin sentía una debilidad hacía su madre que le era bien correspondida.

Así como Alex, su hermanita a quien adoraba, tenía una debilidad por su padre que era perfectamente correspondida.

Siempre pensó que el que no estaba bien con la repartición de cariño y preferencias era su hermano menor Emerick, a quien no le quedó más remedio que refugiarse en el amor que la buena tía Beth tenía guardado para él.

Así era la vida, cada quien con su cada cual.

Y en casa de los Eldridge todo parecía marchar en armonía hasta que se descubrió el engaño de Baltashar Eldridge y cuando eso ocurrió todo se vino abajo.

Calvin frunció el entrecejo recordando la última escena que presenció entre sus padres antes de que convocaran a una reunión familiar para avisar lo que estaba ocurriendo y las consecuencias que todo eso traería.

No era tonto. Bien sabía que el divorcio era inminente y conociendo a su madre, acabarían viviendo en un lugar bien apartado de su padre.

Vio la decepción y la rabia tan marcada en los ojos de su mamá, que sintió ganas de darle una patada en el trasero a su padre por idiota. Pero lo respetaba mucho a pesar de haberlos engañado a todos.

Era su padre y nada podría cambiar ese hecho. El respeto que se ganó durante los años que llevaba junto a él le hizo entender que un desliz no era suficiente para odiarlo tal como sabía que su hermanita lo estaría haciendo en ese preciso momento.

Alex no estaba llevando bien aquel episodio que, de una forma u otra, afectaría la vida de todos.

Para que sus padres pudieran resolver las cosas de la mejor manera y sin dejar que Alex presenciara más gritos entre ellos, decidieron enviar a Alex y a Emerick a un campamento en Yellowstone por treinta días. Mientras en casa resolvían lo de la separación.

A Calvin, esa decisión le pareció la más lógica e hizo un intento por mediar entre su padre y su madre para arreglar las cosas; pero su madre, que no estaba controlando muy bien sus emociones, le dijo:

«No juegues al abogado en esto, Calvin Eldridge. Es más grande que tú y no puedes hacer nada al respecto. De hecho, nadie puede hacer nada. Así que te quiero lo más lejos que se pueda de esta casa»

Calvin se opuso a los deseos de su madre pero nada era un imposible para Abie Eldridge cuando algo se le metía entre ceja y ceja; y así, lo llevó a rastras hasta el avión en el que todos sus amigos de la secundaria estaban partiendo a Los Ángeles para el tan esperado viaje de fin de la escuela.

El vuelo fue largo, afortunadamente no fue aburrido porque iba sentado junto a su buen amigo Micah y estuvieron haciendo planes para divertirse desde que bajaran del avión. Micah había estado muchas veces con su familia en Los Ángeles porque su padre tenía negocios que atender allí. Conocía de sobra sitios para la diversión aunque también sabía que su significado de «diversión» no era el mismo que el de Calvin.

Algunos adultos, padres y profesores de los chicos, les acompañaban; no para aguarles el viaje si no para cuidar de que ninguno cruzara los límites establecidos antes de salir de Houston.

Pero Micah ya le había vendido la idea a Calvin de que les sería muy fácil escaparse de la vista de los adultos y darse un paseo por la ciudad. Por un momento, Calvin se dejó llevar por la irresponsabilidad y la adrenalina que se podía llegar a sentir cuando hacía algo indebido.

Por una vez en su vida que actuara de manera irresponsable, nadie iba a reprochárselo.

Se fugaría con su mejor amigo, irían en busca de chicas lindas y pasarían una buena noche.

Eso haría.

 

***

 

—Elena, cariño, no olvides sacar de paseo a Scooby —María le recordó a su hija con un deje de agotamiento en la voz. No entendía cómo su hija no se cansaba de escucharle repetir las cosas una y otra vez.

Elena vio a su mamá divertida mientras se soplaba las uñas recién pintadas.

—Sí, madre, te dije que lo haría en cuanto se me sequen las uñas.

María se agachó y le dio un beso a su pequeña. Sonrió. Siempre la vería como una niña pequeña a pesar de que ya era una adolescente.

—¿Por qué no te sientas un poco y te relajas? —sugirió Elena preocupada viendo como su mamá empezaba a zanquear una pierna por el dolor de espalda que de seguro, ya la estaba agobiando—. Las hernias son de cuidado mamá y tú que no quieres hacer caso, te lo dijo el médico. Tienes todo el día subiendo y bajando las escaleras y te he visto haciendo cosas que las chicas han debido hacer por ti.

—Quiero que todo esté en orden para cuando llegue la familia, Elena. Es mi trabajo.

—Ya lo sé, mamá. Pero las cubetas de agua son trabajo de Felicia y tú solo tienes que dar órdenes. Ya verás cuando llegue Mary Joe y te vea así. Se va a poner furiosa.

—Bueno, bueno, ya está bueno de sermones que yo sé lo que hago. Ve a pasear a Scooby.

Elena torció los ojos al cielo y le dio un beso a su madre.

—Me voy a quedar un buen rato en la playa leyendo y disfrutando del mar.

—No regreses tarde que no me hace ninguna gracia que estés sola por allí.

—Lo prometo. Además voy con mi fiel Scooby, mamá. No me va a pasar nada.

El Golden Retriever se acercó a ella y le lamió el rostro mientras meneaba la cola descontroladamente.

Sabía que había llegado la hora de dar un buen paseo.

Elena le enganchó la correa al perro y salió de casa.

Caminaría un rato hasta llegar a la playa en donde se instalaría a leer con Scooby a sus pies. Era el lugar perfecto para eso aunque la playa estuviese un poco llena por la temporada.

No le importaba.

El recorrido lo hizo por Santa Mónica Boulevard, le gustaba transitar por esa calle. No era la primera vez que estaba en Los Ángeles ya que había sido el destino de los últimos tres veranos.

Los Wagner, la familia para la que su madre trabajaba desde hacía muchos años como Ama de llaves, solían hacer viajes familiares durante el verano. Siempre se ofrecían a llevarlas con ellos pero su madre se negaba diciendo que ya era suficiente con todo lo que hacían por ellas a diario y que ellas estarían a gusto en la casa de Los Ángeles esperándoles para cuando decidieran ir porque la familia Wagner cerraba sus viajes de verano disfrutando de su lujosa casa en Los Ángeles.

Para Elena estaba bien, aunque ella hubiese preferido pasar todos los veranos junto a Brie a quien consideraba como a una hermana.

Brie era dos años mayor que ella pero no era un problema para nada la diferencia de edad entre las chicas. Lo pasaban genial juntas y sus gustos eran casi los mismos. Aunque últimamente, a Elena le incomodaba mucho cuando hablaban de las universidades a las que le gustaría ir a Bridget cuando termine la secundaria. Para lo que aún le faltaban dos años.

No le gustaba para nada la idea de que tuvieran que separarse. Le daba miedo pensar que su mejor amiga, casi hermana, pudiera olvidarla cuando se encontrase con nuevos amigos, un novio y empezara a vivir cosas que a Elena le faltaba mucho todavía por vivir.

Su madre solía asegurarle que eso no pasaría entre Bridget y ella porque las veía muy unidas como para que, en el futuro, pudieran distanciarse. Pero Elena seguía sintiendo esa extraña inquietud en su interior. Ojalá se equivocara.

Encontró un buen puesto en la playa para tumbarse a leer después de jugar un buen rato con Scooby.

Ese condenado perro parecía tener una energía inagotable.

Se sentó en la arena y sacó su libro del bolso que llevaba encima.

Lamentó no tener también su walkman a la mano.

Sus dos grandes pasiones eran la música y la lectura. Su madre le inculcó el amor a la música. Sentir cada vibración y dejar que esas vibraciones sean la guia de movimiento para el cuerpo.

Sentir el ritmo.

«Siéntelo Elenita» fue lo que su madre le repitió hasta el cansancio el año anterior cuando le enseñó a bailar salsa.

Su madre bailaba a cada momento y con cualquier canción. Era algo normal encontrársela en la cocina con el radio a un volumen que dejaba de ser normal y bailando sola o con cualquier cosa que tuviera en las manos.

Elena sonrió con sus recuerdos.

Su mirada se perdió en el mar, en la lejanía y se permitió recordar lo bien que lo pasaron esos días en los que su madre se empeñó en enseñarles a bailar salsa a Los Wagner, a ella y a Roman que siempre estaba en casa jugando con las chicas.

Aquello fue un caos porque el señor Wagner y Bridget dejaban en claro que no serían capaces de sentir ni las vibraciones de un terremoto. Hacían lo que les venía en gana y Elena veía como su madre poco a poco iba perdiendo las esperanzas.

Al final, los dejó ir libres. María se reía y se veía complacida a pesar de que el señor Wagner y Bridget no fueron buenos alumnos. Decía que por lo menos se estaban riendo y que eso era lo importante en el baile. Reír y disfrutar de esos pequeños instantes de felicidad.

Mary Joe, la madre de Bridget, era una bailarina nata. Sin embargo, bailar salsa tampoco era su fuerte, pero estaba claro que las vibraciones las sentía. Lo suyo era el tango. Verla bailar era excitante para Elena porque Mary Joe se movía con tal gracia y elegancia que parecía flotar en el aire.

Y al final, los que aprendieron a bailar a la perfección fueron Elena y Roman, cosa que no sorprendió a María en lo absoluto porque su Elena, desde pequeña, daba señales de sentir la música en su interior; y Roman, había nacido para la música. No solo movía su cuerpo al ritmo de la melodía que sonara sino que además, era un genio con los instrumentos.

Elena suspiró de nuevo pensando en el futuro.

Roman haría todo lo posible por ir a Julliard en Nueva York y sería el primero en dejarlas.

Un golpe seco la hizo reaccionar justo a tiempo.

Una pelota de voleyball estaba a punto de estrellarse en su cabeza. Por fortuna, fue bastante rápida en levantar el brazo con el puño cerrado y enviar la pelota hacia otra dirección.

Como era de esperarse, la pelota salió disparada y detrás de esta, Scooby.

—¡Scooby! ¡Ven acá! ¡Ahora mismo! —Elena corría detrás del perro que ya estaba sumergiéndose en el mar para atrapar la pelota—. ¡Condenado perro!

Elena estaba a punto de meterse en el agua cuando alguien la detuvo.

—Ya va mi amigo por él, no te preocupes. Fue culpa nuestra.

Elena le sonrió amablemente al chico.

—Gracias.

—Ven, campeón, afuera —Elena vio al otro chico sacando, casi a rastras, al sin vergüenza de Scooby que no tenía muy claro que en esta vida era un perro y no un delfín.

—Cuando mamá te vea, verás la que te arma —Scooby se sacudió el agua y luego se echó en la arena.

—Fue culpa nuestra, lo sentimos, de verdad.

—No pasa nada. Las pelotas y el agua son sus debilidades.

Todos rieron y Scooby ladró.

—Gracias por ahorrarme la entrada al mar —Elena le sonrió al chico que estaba empapado. Se sentíó como una tonta cuando lo veía a los ojos—. Vamos a casa, Scooby, a ver si nos da tiempo de limpiarte antes de que mamá vea cómo quedaste.

Scooby se levantó.

—Gracias de nuevo y adiós.

—¿Ya tienes que irte? ¿Quieres que te acompañemos?

Elena habría dicho que sí solo porque se sentía muy atraída por uno de ellos, pero habría sido una estupidez y una irresponsabilidad de su parte. Además, ya podía escuchar a su madre diciéndole «Pero bueno, hija, ¿no te he dicho que es muy peligroso andar con extraños?»

—Debería irme y no hace falta que me acompañen. De igual manera, gracias.

El chico que salió del agua la veía con una sonrisa en el rostro.

—Te invitamos a comer un helado —le dijo—. Me metí en el agua a rescatar tu perro, me lo debes.

Elena tuvo un debate interno por unos segundos. ¿Qué podría pasar? Se sentaría en un lugar público, se comería un helado y luego regresaría a casa.

«¡Hija! No cometas ninguna tontería» la voz de su madre retumbaba en su cabeza de nuevo.

Era mejor hacerle caso a la Sra. María que luego si no iba a tener que escucharla decir mil veces: «Te lo dije» y aquello sí que lo odiaba.

—No lo siento, chicos. Pero gracias por la invitación y por rescatar a Scooby.

Levantó la mano para decir adiós y le hizo señas al perro de que la siguiera.

Cosa que el animal hizo.

Después de recoger su bolso y colocarle la correa de nuevo al perro, sintió curiosidad por el chico y quiso verlo una vez más antes de irse.

Sus ojos cayeron directo en los de él. Ambos sonrieron y se despidieron de nuevo con las manos.

Elena sintió el corazón latirle muy fuerte.

¿Qué le ocurría?

La atacaron los nervios por aquel cúmulo de sensaciones que estaba experimentando. Sintió la necesidad de llegar a casa cuanto antes para refugiarse en su habitación y tratar de entender qué diablos pasaba con ella.

Empezó a acelerar el paso; de pronto estaba corriendo sintiendo que tenía tanta adrenalina que era capaz de correr y correr durante horas.

Scooby ya estaba exhausto y ella todavía necesitaba más.

Bordeó la casa y fue directo al jardín trasero. Tenía que limpiar a Scooby antes de que su madre lo viera.

—Como María vea el estado de este perro te manda a dormir a la perrera con él —Elena reaccionó de inmediato ante la voz y se dio la vuelta para correr a los brazos de su querido Roman.

—¡Estás aquí! Pero ¿Cómo? Si es que estabas castigado y…

—¡Bah! Ya sabes cómo es la abuela con eso de los castigos. Me he librado por poco, la verdad —sonrió–. Tuvimos que venir a supervisar algunos de sus negocios aquí y ya ves, llamó a William para saber si podíamos quedarnos con ustedes unos días —Roman la vio con preocupación—. ¿Qué ocurre Elena?

—¡Nada! —Elena sintió su voz extraña y entonces notó que no dejaba de ver a su alrededor de forma nerviosa y tenía la respiración entrecortada. Scooby había empezado a beber agua del estanque que estaba cerca del jardín—. ¡Scooby, no!

—¡Déjalo! —Roman la tomó del brazo—. Está agotado, ¿desde dónde venían corriendo?

—Desde el muelle.

Roman abrió los ojos con sorpresa y se cruzó de brazos.

—¿Qué ocurrió?

—Nada, Roman, en serio. Vamos a bañar a Scooby, por favor.

Roman se quedó en donde estaba.

—¿Alguien trató de lastimarte?

Elena soltó una carcajada.

—¡No! ¡Por dios! Qué tonterías dices. No ocurrió nada, solo quería correr.

—¿Tú? La persona mas floja que he conocido en mi vida.

—Bueno, quizá estoy cambiando.

Roman la vio con suspicacia y luego le sonrió con dulzura.

—Me habría dado cuenta si estuvieses cambiando —la tomó de la mano—. Y nunca cambies, Elena, porque eres mágica así como eres.

—Ay, Roman, podres chicas a las que le dices eso —Elena negó con la cabeza. Roman era un Don Juan desde que lo conocía. Sabía cómo ganarse a las chicas aunque a ella y a Brie siempre las trataba de una forma especial. Ellas eran realmente importantes para él—. Vamos, que mi madre está a punto de descubrirnos, lo presiento.

 

***

 

Dos días habían pasado del encuentro entre Calvin y la chica del perro.

—Hermano, ya, en serio, deja de pensar en esa chica. Anoche te perdiste la oportunidad de tu vida por no asistir a la fiesta que te invité.

—Y que gracias a que no fui, estamos libres de castigos hoy —Le lanzó una servilleta convertida en bola a su amigo—. Micah, por poco te descubren. Si yo me hubiese ido contigo, nadie hubiese abierto la puerta en la noche cuando la madre de Malia vino a ver si estábamos bien.

—Esa mujer es una pesadilla.

—Como la hija, pero tienes que entender que somos responsabilidad de ellos.

—Pffff. Cal, de verdad que vas por buen camino para ser abogado. Es que eres demasiado correcto, todavía me pregunto cómo es que te atreviste a decirle a la chica del perro que la invitabas a comer helado.

—Porque el ser correcto no me hace idiota, imbécil.

—¿Todavía sigues pensando en ella, no? —Micah vio a su alrededor. La piscina estaba a reventar y la verdad era que él tenía ganas de playa—. Hay un grupo que se va a la playa hoy. ¿Nos apuntamos?

—Sí, para ambas cosas.

Micah negó con la cabeza sonriendo.

—Era guapa. No se puede negar.

—Era perfecta, tanto que si no es porque tu la viste, empezaría a pensar que me la soñé.

Micah soltó una carcajada.

—No seas exagerado, que estaba bien pero no como para hacerla una perfecta alucinación.

—¿No tienes más nada que hacer, Micah?

El interrogado abrió los ojos con sorpresa.

—Ok, creo que es momento de relajarse y para ello, te voy a dejar solo. El grupo sale en media hora a la playa.

—Ahí nos veremos.

Calvin se quedó en la piscina un rato más y luego fue al punto de encuentro.

¿Quién era esa chica?

Desde que la vio no había podido dejar de pensar en ella y quería encontrarla de nuevo. Sabía que estaba rayando en la locura porque su comportamiento estaba siendo completamente irracional pero quería conocerla, hablar con ella, saber cómo se llamaba, besarla…

Negó con la cabeza queriendo alejar esos pensamientos que ya lo hacían parecer un psicópata e intentó, por todos los medios, mantener a la chica alejada de sus pensamientos el resto del día.

Estaba siendo obsesivo, lo sabía.

Caminó por la playa varias veces y se quedó en el punto en el que la había visto recoger sus cosas. Tenía la esperanza de que volviera.

¿Por qué no lo hacía?

¿Y si ese había sido su último día de vacaciones?

Levantó una piedra y la lanzó a la arena.

—Ernest me acaba de decir que su primo va a dar una fiesta en su casa. Está cerca del hotel y habrá mucha cerveza y chicas. Solo lo sabemos nosotros. No le ha dicho a nadie más porque no quiere que nos pillen.

—Yo no voy.

—Vamos, Calvin, deja de comportarte como un viejo. Por Dios, vamos a divertirnos como dijimos en el avión que lo haríamos.

Calvin se quedó en silencio unos minutos.

Su amigo tenía razón. Tenían que divertirse y él se estaba dejando consumir por el pensamiento de una chica de la que no sabía nada.

¿Iba a perder sus vacaciones así?

No.

Pero de igual manera quería encontrarla.

«¡Con un demonio, Calvin! Deja de pensar en ella y ubícate en tu realidad» pensó.

—Ok. Iremos. Si nos metemos en problemas…

—No vamos a meternos en problemas, lo prometo.

 

***

 

—¿Qué hacen? —María se acercó a Roman y a Elena con dos limonadas.

—Gracias, María, esto es lo mejor para atacar el calor del verano y solo una experta como tú, sabe prepararlo.

María soltó una carcajada.

—Gracias, mami —Elena también sonrió.

—¿Qué quieres de mí, Roman?

—Es que además eres sabia, mujer.

María se sonrojó. El encanto de Roman no tenía límites ni respeto.

—Necesito salir esta noche a una fiesta, me invitaron a mezclar con el Dj.

—Llama a tu abuela y que ella me autorice.

Roman la vio con suplica en los ojos.

—No, María, sabes que está en contra de los Dj’s. Te prometo que solo voy a probar la coca-cola y estaré de regreso cuando lo digas —vio a Elena con complicidad—. Es más, si te sientes más tranquila, podría llevarme a Elenita conmigo.

—¡Oh no! Ni pensarlo, jovencito. No tienen la edad suficiente para eso. Ni tu para cuidar de ella ni ella para ir a esas fiestas.

—Vamos, María, por favor.

Roman recurrió a los ojos de borrego a los que ninguna mujer se podía resistir.

—He dicho que no, Roman. No quiero problemas ni con tu abuela ni con Mary Joe. Así que ninguno de los dos va a salir de aquí esta noche.

Roman enfatizó los ojos de borrego.

Elena empezaba a sentirse orgullosa de su madre por no ceder.

—Cuando terminen allí, llevan esos vasos a la cocina y los lavan. ¿Entendido?

—María, por favor, dime que sí.

—No.

Elena ahora reía a carcajadas.

Roman la siguió hasta la casa y Elena los seguía a ambos.

Cuando llegaron a la cocina, Roman encendió el reproductor de música que estaba en esa área y colocó la canción que a María más le gustaba.

La salsa empezó  a sonar y María se dejó llevar por la música tal como lo hacía siempre.

Roman aprovechó la oportunidad y la sacó a bailar. Elena se sentó en una silla y los observaba. Qué diferente habría sido la vida de su madre de haber tenido una oportunidad como la que tendría Roman de ir a estudiar a Julliard. Su madre habría triunfado, estaba segura.

Bailaron dos canciones más, Roman se movía con tal agilidad que parecía que llevaba el sentir latino en sus venas. De pronto, soltó a María y fue hacia Elena, que le tomó la mano con gusto y se dejó guiar por él. Bailaron un poco más, la frente del chico empezaba a verse con brillo por el sudor, pero estaba feliz.

—¿Ves que bien lo hacemos?

—Son geniales en el baile ustedes dos —María los veía con ojos maternales.

—¿Me dirás que sí? —Roman le guiñó un ojo a María y esta negó con la cabeza—. Qué dura eres mujer, ven —soltó a Elena y sacó de nuevo a María para que bailara un poco más.

Cuando acabó la canción, María resopló de agotamiento pero feliz.

—Vamos a descansar que la espalda hoy sí que me esta doliendo.

Roman se desinfló.

María sintió compasión por él. Amaba hacer mezclas y las fiestas, su abuela, por el contrario, quería que Roman se dedicase a la música clásica, como un pasatiempo, claro estaba. Ella esperaba que Roman alcanzara la madurez para que pudiera ocuparse de todos los negocios familiares pero aquello no ocurriría y María lo sabía desde hacía mucho tiempo. Roman le dio la razón unos meses atrás cuando amenazó a su abuela con largarse de la casa en cuanto cumpliera la mayoría de edad si no le dejaba ingresar en Julliard. Y estaba dispuesto a hacerlo aunque eso la dejara a ella devastada porque si él se iba de esa manera, sabía que no volvería y estaría renunciando a toda una herencia familiar que poco le importaba.

María suspiró y lo vio a los ojos.

—Si no están aquí a media noche sanos y sobrios, prometo que voy a dedicar mi vida a hacerte la tuya un infierno. Tengo la manera de hacerlo —sentenció—.  ¿Está claro?

—Como el agua —Roman la besó en la mejilla—. Eres la mejor.

Luego se volvió a ver a su hija.

—No hagas ninguna estupidez y no te separes de él. Confío en ti, no hagas que me arrepienta —Elena la abrazó muy fuerte.

—No lo haré, mamá, gracias. Voy a arreglarme.

 

Recuerda que la novela estará a precio especial hasta el 24 Corre a comprarla para que sepas cómo continua.

 

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