Queridos lectores:

Espero se encuentren todos muy bien.

El post de hoy va dedicado a mi nueva novela que, como algunos ya saben, pertenece a la Serie Reencuentros y se titula «Mi única inspiración eres tú».

El plan era sacarla al aire hoy, pero me lo pensé mejor y creo que en Preventa, a un precio especial, a ustedes les va a gustar más. Así que, siempre pensando en el beneficio de mis lectores fieles, desde hoy y hasta el sábado 12 de mayo, podrán reservarla en versión kindle por sólo 0.99 (+los impuestos que correspondan)

El domingo 13 será el lanzamiento oficial y ya entrará a 2.99 como el resto de mis novelas.

Esta nueva publicación, así como las anteriores de la misma serie, son novelas autoconclusivas y/o independientes. No pasa nada si las leen fuera del orden que les corresponde.

Tal como hice con la novela anterior, aquí les dejo la sinopsis de «Mi única inspiración eres tú» el enlace de compra a cualquiera de las tiendas Amazon y sigan leyendo, porque les dejo más abajo, en este mismo post, el prólogo de esta historia.

Espero que la disfruten, aprovechen la oferta de preventa y me dejen todos los comentarios que quieran. Recuerden que este post lo pueden compartir tantas veces deseen porque así podré conquistar a nuevos lectores.

¡Mil gracias por tanto apoyo!

Sinopsis «Mi única inspiración eres tú»

Bridget Wagner y Roman Thompson descubrieron lo que es el amor a muy temprana edad.
El corazón de Bridget le pertenece solo a Roman desde que eran unos niños. Aun cuando su relación se vio interrumpida siendo adolescentes y llevándolos a hacer sus vidas por separado, ella nunca dejó de amarlo y él soñaba con tenerla en sus brazos para toda la vida.
Cuando finalmente creyeron que el destino les daba una segunda oportunidad, una noticia inesperada hace que los miedos de Roman salgan a flote haciéndole retomar viejos hábitos que cambiarán el rumbo de lo que parecía ser una relación perfecta; y a su vez, le permitirá descubrir una verdad muy importante sobre su origen.
Su vida cambiará por completo mientras Bridget decide que es mejor que sigan por caminos separados a pesar de que sabe que jamás podrá arrancárselo de su corazón y menos cuando, por puro capricho de la vida, estará unida a él para siempre.
Una historia de secretos, mentiras y traiciones ponen a prueba un amor que parece frágil y peligroso pero que, en realidad, es tan fuerte y tan puro que es capaz de superar todas las pruebas que dicta el destino, demostrando así que nada ni nadie puede separar a dos personas cuando se aman de verdad.

 

Y aquí tienen el prólogo de la novela.

¡Que lo disfruten!

 

Prólogo

 

Roman fue hacia la ventana de su habitación cuando vio a Bridget al otro lado.

Le abrió y la ayudó a entrar.

La chica tenía los ojos y la nariz rojos.

La abrazó con fuerza mientras ella sollozaba en su pecho y le dio un beso dulce y pausado en la coronilla.

Suspiró.

No quería irse de casa y sus tres mujeres no le estaban poniendo las cosas muy fáciles.

Ese mismo día tuvo que consolar a Elena que fue a refugiarse a la playa para soltar ahí toda la tristeza que la dominaba en aquel momento.

Él también sospechaba que las cosas cambiarían un poco pero no había que ser exagerados como lo estaban siendo ellas.

Su abuela llevaba tres días con los nervios de punta y llorando cada noche a solas en su habitación.

Y ahora Brie, que lloraba desconsolada aferrándose a él como nunca antes lo había hecho.

Sabía que aquella despedida era la que más le iba a costar. Nunca hablaba de sus sentimientos y aprendió a disimularlos muy bien. Gracias a eso, pudo mantener en secreto lo enamorado que estaba de Bridget.

Se criaron juntos y desde siempre se sintió atraído por ella.

Le acarició el rostro con suavidad. Se dejó embriagar por el olor dulzón de su champú y le apretó más a él.

Quería llevarse ese olor y ese momento en la memoria para siempre.

Se moría de ganas por besarla y confesarle cuánto la amaba pero no quería arruinar aquello tan maravilloso que tenían siendo los mejores amigos del mundo. Si ella no le correspondía o si en el futuro no podían mantener una relación a distancia, todo se acabaría y la magia de la amistad se esfumaría.

Ella lo vio a los ojos.

Roman estaba haciendo un intento sobrehumano por no besarla.

Se mantuvieron las miradas por unos segundos en los que Roman descubrió que su amiga lo observaba de manera diferente.

¿Era posible que ella sintiera lo mismo que él?

—Nunca hemos hablado de esto… —Bridget hablaba entrecortado a causa del llanto—, porque pensaba que yo estaba confundiendo las cosas, pero hoy me estoy dando cuenta de que…

La chica se interrumpió avergonzada y Roman pudo sentir los nervios atacar su estómago.

Le levantó el mentón con delicadeza y se vieron de nuevo a los ojos.

Roman se acercó más a ella dejando que su boca actuara por cuenta propia.

La boca de Brie resultó ser una delicia y respondía de forma armoniosa a su contacto. Le encantó la reacción de ella cuando le pasó ambos brazos por el cuello y se pegó aún más a él.

Roman entonces dejó una mano en la parte baja de la espalda de Brie y la otra, la enredó en la hermosa y rubia melena que tenía la chica.

Se besaron por largo rato y decidieron parar cuando las cosas empezaban a ponerse más intensas.

Roman seguía actuando con cautela. Pegó su frente a la de la chica y le dio un beso en cada mejilla. Sus labios quedaron humedecidos por las lágrimas de ella que continuaban desbordándose de sus dulces ojos.

—Shhh —la abrazó con fuerza sobre su pecho—. No quiero que llores más, Brie, por favor. No soporto verte llorar y menos si sé que es por mi culpa.

La sintió sonreír.

—¿Cómo llegamos a esto? —le preguntó ella viéndolo a los ojos.

Roman la guio hasta la cama en donde se acostaron un frente al otro.

—Te quiero desde hace mucho tiempo —le dijo él acariciando su rostro.

—Yo nunca pensé que me sentiría tan mal por vivir lejos de ti pero es que —Bridget cerró los ojos intentando calmar la necesidad de llorar de nuevo—, cuando pienso que vamos a estar separados siento que me falta el aire, como si me estuvieran arrancando algo del pecho.

—Todo va a estar bien —aseguró él con voz firme, aunque fingía. No sabía qué se iba a encontrar en Nueva York pero se negaba a hacer sufrir a su rubia hermosa—. Te llamaré siempre que pueda y te voy a escribir una carta diaria. ¿Crees que podrás escribirme una al día también tú?

Ella asintió con una dulce sonrisa.

—Entonces eso haremos y siempre que pueda, regresaré a casa porque sé que tú me estarás esperando.

—¿Y si soy admitida el próximo año en Georgetown?

—Pues entonces iré a donde estés, cielo.

—¿Y si te encuentras a una chica guapa en Nueva York?

Él la vio con diversión y ternura. Sonrió de lado.

—Ahora que sé cuáles son tus sentimientos hacia mí, no va a haber chica más guapa que tú. Ninguna me importará como tú.

—Elena se va a poner celosa.

—¡Por Dios, Brie! ¿Elena? —Soltó una carcajada—. ¡Vaya tontería! Si ella está perdidamente enamorada del chico de la playa.

—Pobre, ni siquiera sabe cómo se llama.

—Lo sé. Estaba con ella ese verano, ¿recuerdas?

Brie asintió.

—¿Me extrañarás?

—Cada minuto, te extrañaré.

Se acercó a la rubia y su mirada se paseó entre los ojos azul intenso y la boca de la chica. Era carnosa, suave, sensual, deliciosa; y el interior era húmedo, cálido y le gustaba la forma en la que lo besaba. Pausada, con ternura, equilibrada, tal como era ella.

Sabía que se estaba convirtiendo en su primer beso y deseaba convertirse en su primer hombre pero no sería esa noche. No sería justo para ella.

Esperaría, se iría a la universidad con el recuerdo de sus besos y el sabor de sus labios. Eso le haría regresar a casa pronto para seguir conquistándola y asegurar ese amor que hoy se estaban confesando.

 

***

 

Los primeros meses pasaron con rapidez. Brie sumergida en su último año de secundaria, dedicada a aplicar a las universidades que seleccionó; siendo Georgetown su primera, y prácticamente «única», opción porque lucharía con todo su ser para entrar allí. Soñaba con estudiar en esa reconocida universidad, además, adoraba la capital del país desde que la visitó la primera vez con sus padres hacía unos años.

Por supuesto, Roman no estaba menos ocupado que ella. Julliard se convirtió en su obsesión desde que tenía uso de razón y una vez pisó la institución, consiguió trazarse metas que lo convirtieron en un alumno destacado. No consiguió hacer amistades con los demás estudiantes porque estaba muy centrado en que lo que quería era ser el mejor y además, porque no sentía interés en salir o divertirse si no tenía a Brie a su lado.

Cosa que uno de sus profesores, Cole Walker, notó de inmediato en el chico y se interesó por saber a qué se debía que fuera tan reservado. Fue la primera de muchas conversaciones que mantuvieron porque el profesor Walker, se convirtió en mentor y buen amigo para Roman.

Tanto Bridget como Roman cumplieron con la promesa de llamarse y escribirse a diario. Para Roman era una terapia escribirle a su chica todo lo que vivía en la universidad.

Para ella también era reconfortante poder contarle sus avances en las aplicaciones y además, contarle cómo iban las cosas en casa.

En los días libres correspondientes a la celebración del día de Acción de Gracias, Roman regresó a casa para celebrar aquel importante día con su abuela, que era el único familiar vivo que le quedaba.

Su abuela Stella, le contó que sus padres murieron en un accidente de tránsito cuando él era apenas un bebé y ella quedó tan devastada de perder a su hija que poco hablaba de ella con Roman. Después de la muerte de su abuelo, Nathan Thompson, Stella se encerró más en sí misma volviéndose una mujer reservada con respecto al pasado y mostrando un profundo dolor en su mirada cuando Roman pretendía que le contara algo de su madre. Así que el optó por no preguntar nada más y resignarse a no saber nunca cómo había sido la mujer que le dio la vida. Apenas tenía una idea de su físico gracias a la única foto que quedaba de ella en el salón de la casa.

No quería que los recuerdos torturaran más a su abuela que luchaba día a día por cuidar de él y de toda la fortuna Thompson porque desde que había enviudado, tuvo que asumir el puesto de su marido en las empresas de la familia.

Admiraba a esa mujer con todo su ser, tanto como la amaba. Para él era su madre y se alegró cuando se reencontró con ella después de estar tantos meses fuera de casa.

Se pasaron todo el día conversando y poniéndose al día sobre las novedades de Newport, el avance de las empresas familiares que poco le importaban pero que de igual manera le prestaba atención a su abuela solo por hacerla feliz en ese aspecto; y él le contó su vida en la gran manzana.

—Me siento a gusto.

—A gusto deberías sentirte cuidando de tu patrimonio.

—Lo estás haciendo tu abuela, y si ya no quieres seguir haciéndolo, contrata a alguien. Ya hemos hablado de esto y no vamos a malgastar estos días con enfados innecesarios.

Ella volvió los ojos al cielo.

—Contigo no se puede —le dio una palmadita en la mejilla—. Estás guapísimo. Brie va a enloquecer cuando te vea.

Él sonrió con vergüenza y su abuela lo vio con ojos soñadores.

—Nada me gustaría más que esa chica y tú formaran una familia. Ustedes se adoran.

—No corras, abuela. Primero tenemos que crecer, no estamos en tu época que la gente se casaba a los doce años porque a los veinte ya se consideraban solterones.

Ella soltó una carcajada.

—En la época de tus bisabuelos, quizá. En la mía, era a los dieciséis y sobre los veinticinco ya estabas fuera del juego.

Ambos rieron.

—Estamos invitados a cenar en casa de Brie. Mary Joe no concebía la idea de que cenemos en Acción de Gracias aquí solos.

—Como el resto de los años que hemos estado con ellos.

—Son buenas personas. No lastimes a Bridget.

—No lo haré, abuela, la quiero de verdad.

 

***

 

Durante la cena todo estuvo de maravilla.

Roman se sintió feliz de poder estar de nuevo con Elena, Bridget y bailar con María, la madre de Elena y a quien quería como a una madre. La respetaba como debía hacerlo un hijo, era una gran mujer que salió adelante con su pequeña en un país en el que ni siquiera hablaba bien el idioma pero cocinaba como los dioses y Roman tenía debilidad por su sazón. Además María fomentó su pasión por la música desde que era pequeño. Su abuela insistía en que practicara instrumentos clásicos solo por diversión y María, a escondidas de Stella, le enseñaba el son de la música Caribeña descubriendo que Roman era un bailarín nato y sentía en su interior cualquier melodía que sonara.

Adoraba colocar la vieja Salsa que le gustaba bailar a María y bailar con ella hasta que la pobre ya no daba más. Sobre todo cuando intentaba sonsacarle un «sí» a algo que anhelaba y María se negaba. Como la vez en Los Ángeles, que la convenció bailando para que le dejara ir a una fiesta acompañado de Elena.

La noche que Elena le confesó que le gustaba un chico.

Sonrió al recordar eso. Tenía tantos recuerdos construidos con ellas que no concebía la vida sin ellas.

Brie y él estuvieron sentados uno frente al otro durante la cena.

Se lanzaron varias miradas furtivas que aceleraron el pulso de Brie y aumentaron las ganas que tenía Roman de besarla hasta el cansancio.

Estaba preciosa esa noche.

La veía como mujer y salivaba con ese pensamiento. Tuvo que reprenderse varias veces durante la cena porque perdía el hilo de la conversación. Afortunadamente, no fue en los momentos en los que William Wagner, el padre de Brie, le hacía alguna pregunta con respecto a su carrera en Julliard.

William era un hombre serio, abogado de mucha reputación y le hacía preguntas en un tono tan particular que le dejaba saber que no aprobaba esa decisión de ser un simple músico. Tal como su abuela.

A Roman le traía sin cuidado lo que William opinara de su carrera pero cuando veía a Brie sentía un nudo en el estómago porque tenía el presentimiento de que cuando se enteraran que entre ellos existía un romance, empezarían los problemas.

Ella se convertiría en abogada como su padre, dirigiría el bufete de este mientras Roman, estaría componiendo música porque eso era lo que quería, ser compositor.

Aquella noche detectó el primer problema que tendrían. Enfrentar a la familia no estaría nada fácil.

Negó con la cabeza como queriendo sacudir aquellos pensamientos negativos que ni siquiera sabía si ocurrirían.

Después del postre, los chicos se fueron a la playa porque era tradición en ellos a pesar de que el clima ya estaba bastante frío.

Elena entendió pronto que estaba de sobra entre ellos y decidió irse temprano a la cama con la excusa de levantarse a tiempo al siguiente día y ayudar a su madre en la cocina.

Brie se lo agradeció con la mirada y Roman le dio un guiño de ojo.

Cuando al fin se quedaron a solas frente a la fogata que Roman había encendido, invitó a Brie a acostarse en la manta que llevó para la ocasión y cuando estuvieron allí uno frente al otro, bajo la luz de la luna, y con el sonido de las olas reventando en la orilla como música de fondo, Roman decidió que sería la noche perfecta para estar juntos.

Tenía experiencia con otras chicas en cuanto al sexo se refería. Pero ninguna le hacía sentir como Brie y sabía que aquel encuentro íntimo sería especial para ambos.

Necesitaba hacerlo especial para ella y le parecía que el momento daba pie a ese encuentro que tanto deseaba con su rubia.

Ella lo veía con un brillo especial en la mirada.

¡Cuánto le gustaba y cuánto la extrañó!

—Te extrañé —se acercó a ella. Le dio un beso dulce y delicado en una mejilla. Ella cerró los ojos—. Necesitaba verte y tenerte así —siguió repartiendo besos delicados por el rostro de la chica a medida que expresaba sus sentimientos. Ella solo se dejó llevar por las deliciosas cosquillas que le producían esos besos—. Brie, ¿estás segura de esto?

Ella abrió sus ojos que parecían resplandecer de emoción y asintió atrayéndolo hacia ella para sellar su afirmación con un beso que lo dejó sin aliento.

Sus instintos masculinos empezaron a despertar de un letargo que no había tenido jamás porque solía colarse con facilidad en la cama de las chicas que le gustaban, sin embargo, desde la última vez que estuvo con Brie en su habitación y probó sus labios por primera vez, su mente parecía haberse centrado solo en ella porque ninguna otra mujer le parecía sensual como su dulce rubia que ahora le dejaba explorar su hermoso cuerpo.

Aunque por esa época nadie caminaba por la playa debido al frío, Roman decidió llevarla a casa porque la chica temblaba. Sospechaba que era de los nervios que tenía ante lo que iba a experimentar por primera vez, pero también sospechaba que la temperatura de esa noche no le ayudaba en nada a relajarse. Estando en el calor de su habitación, en la comodidad de la cama, todo sería mucho más placentero para ella.

—Vamos a mi habitación.

Ella asintió con vergüenza y sus mejillas ganaron un tono rosa que le pareció sublime a Roman. Era hermosa. La amaba. Y quería enseñarle cuánto la amaba.

Roman subió por las escaleras, como la gente normal solía subir a sus habitaciones, pero Brie trepó por la celosía del jardín que conectaba con la habitación del chico y entró por la ventana; tal como siempre lo hacían Elena y ella cuando Stella castigaba a Roman por algún motivo.

Él la esperaba sentado en la cama, se había quitado la camiseta nada más entrar y se colocó un pantalón de deporte.

Ella lo vio por primera vez como un hombre. Esos músculos no se parecían en nada al cuerpo del Roman del que ella se enamoró hacía unos años. Aquel Roman era largo y escuálido. Este parecía esculpido por algún artista. Le encantaba todo en él. Pero sus ojos, oscuros y profundos, fueron siempre la debilidad de Brie.

Y cuando la veía como lo hacía en ese momento que la acercó a él, Brie se sentía como una verdadera diosa y no como la adolescente simple y rubia de la escuela.

Le llevó a la cama y antes de dejarla ponerse cómoda, si es que eso era posible esa noche, le quitó, con delicadeza, la camiseta y el pantalón que la chica llevaba puestos.

No podía ser más perfecta.

La acarició en todos los rincones posibles y en medio de las caricias terminó de desvestirla como si se tratara de un regalo frágil y delicado.

Justo lo que era ella.

Brie mantenía los ojos cerrados y se removía excitada bajo las caricias del chico al que amaba. Pensaba que se moriría de la vergüenza estando desnuda ante él pero su mirada estaba tan cargada de deseo hacia ella y le admiró con tanto detalle que se creía la misma reencarnación de Afrodita.

Él era todo con caballero con ella. La sedujo con delicadeza, con amor. La llevó al clímax haciendo temblar cada centímetro de su cuerpo tantas veces, que Brie pensó que en algún momento iba a desfallecer de tanto placer, pero no, en cuanto su cuerpo se recuperaba empezaba a pedir más de aquello que Roman le daba con habilidad y rogó porque no parara jamás.

La excitación en Roman lo estaba enloqueciendo no sabía cómo diablos llegó hasta allí sin alcanzar el clímax él también.

Estaba muy sorprendido.

Brie lo cambiaba por completo. Le encantaba verla convulsionar de placer gracias a sus caricias. Estaba tan húmeda, tan cálida que no quería que aquella noche terminase. Sentía que después de esa entrega no podrían separarse nunca más.

Cuando se volvió una urgencia entrar en ella, se protegió como era debido y sin dejar de verla a los ojos, se acercó a su boca la besó con dulzura.

—Me vuelves loco, nena —susurró luego en el oído de la chica.

Ella sonrió complacida.

Él le separó las piernas con delicadeza, acariciándolas en el interior de los muslos para deleitarse de nuevo con su centro, y se abrió paso en ella con cuidado y sin dejar de verla a los ojos.

Brie sintió como su interior cedía a la presión que ejercía en su interior la excitación de él. Al principio dolió, no podía negarlo; pero luego se hizo agradable y consiguió relajarse mientras él luchaba por contenerse.

No lo logró. Ella estaba tan cerrada que la presión en su virilidad lo hizo estallar como nunca antes.

Hizo su mejor esfuerzo por no moverse más de lo debido mientras alcanzó el clímax porque sabía que podía ocasionarle dolor a ella.

—¿Estás bien?

Ella solo asintió con la cabeza y arqueó la espalda, dejando servidos en bandeja a sus senos firmes con los pezones endurecidos.

Roman jugueteó con ellos sin salir del interior de su chica. Sintió como, en minutos, estaba listo para entrar en acción de nuevo.

La sensación de que él jugara con sus pezones mientras hacía fricción en su interior fue una locura placentera para ella y alcanzó el orgasmo varias veces más.

Al final de la noche, se quedaron dormidos complacidos y sabiendo que, a partir de ese momento, se pertenecerían para toda la vida.

 

***

 

La última despedida entre Brie y Roman fue mucho peor que la primera. Sentían que se les iba la vida misma si no se tenían cerca pero debían continuar con sus actividades y en Navidad, de seguro volverían a verse.

Cosa que no ocurrió porque hubo una fuerte nevada en Nueva York que impidió a Roman salir de ahí para llegar a casa a tiempo para Nochebuena.

Por ese tiempo, estar sin Brie empezaba a afectarle más de lo debido y empezó a salir para despejarse. Frecuentaba un bar que tenía buena música en vivo y buen ambiente. No iba buscando chicas, solo sentarse en la barra, tomarse un trago, escuchar música y quizá conseguir entablar una conversación con el hombre de la barra. Algo que le sacara de la cabeza a Brie por algunos minutos.

Pero en vez de hacer migas con el hombre de la barra, empezó a tener contacto con uno de los chicos de una de las bandas que tocaban allí y que le dieron la oportunidad de tocar con ellos algunas noches. Era un escape para Roman, tanto de la presión que él mismo se imponía en Julliard, como la nostalgia que le producía no tener a Brie a su lado cada día.

Los chicos de la banda, al enterarse de que Roman no se pudo ir de la ciudad por las fiestas lo adoptaron como uno más de ellos y lo iniciaron en sus actividades que no eran las mejores precisamente.

Después de las fiestas, las salidas y reuniones con estos personajes se hicieron más frecuentes y muy necesarias para Roman, que encontraba la paz con ellos y con lo que le ofrecían.

Su contacto con Brie fue decayendo cada vez más. Ella empezaba a estar más ocupada con el asunto de las admisiones a la universidad y casi nunca coincidían por teléfono. Las cartas de él hacia ella empezaron a fallar cuando los vicios aparecieron y llegó un punto en el que casi ni escribía.

El alcohol se convirtió su mejor amigo y a pesar de los consejos de Cole o de la preocupación de su abuela, Roman siguió ingiriéndolo sin control.

Los problemas en la universidad se hicieron presentes suspendiéndole hasta que hiciera rehabilitación, cosa que a él le parecía una soberana tontería porque él no veía que tuviera un problema con la bebida.

Así regresó a Newport y toda su vida se volvió un completo caos.

El Roman que regresó a casa no era ni la sombra del que se había marchado. Brie no se creía lo que veían sus ojos.

Elena le advirtió que no estaba bien. Lo vio antes que ella y estaba preocupada por su hermano de vida.

Brie pensaba que exageraba.

Lo había extrañado con todo su ser. Hacía tantos meses que no se veían y más de un mes llevaban sin hablarse por falta de tiempo. Ella estaba absorbida con el asunto de la aplicación para Georgetown y además, estaba su padre que no terminaba de caerle en gracia que ella estuviese enamorada de Roman.

Tuvieron una conversación al respecto en el que su padre le explicó que Roman no era el chico apropiado para ella y que estaba seguro de que solo era un capricho, que cuando se le pasara todo y entrase a la universidad conocería a candidatos magníficos para casarse y formar una familia.

El punto era que Brie solo soñaba con casarse con Roman.

Eso le llevó a tener el primer enfrentamiento fuerte con su padre, en el que hasta su madre salió afectada. Por esos días, decidió evitar a Roman para no darle más material de pelea a su padre, sin embargo, el hombre no era tonto y en algunas ocasiones intervino por cuenta propia para que ese asunto entre su hija y el músico se acabara. Si cortaba la comunicación entre ellos, la distancia los envolvería y empezarían a hacer vida por separado. Se olvidarían. Así que más de una vez respondió él al teléfono y le dijo a Roman que Brie no se encontraba en casa porque estaba estudiando en la biblioteca. La mayoría de las veces era cierto y bueno, las otras veces era como una extensión de la verdad según veía William que todo lo hacía por el bien de su hija.

En cuanto se enteraron de que Roman estaba en casa, Brie quiso ir a verlo y su padre la detuvo. Se lo prohibió. Discutieron muy fuerte y ella decidió no continuar con el asunto y marcharse a su habitación.

Lloró de la rabia por el comportamiento de su padre y se dejó llevar por el impulso y la necesidad de seguir a su corazón. Ya se arreglaría luego con su padre.

Bajó de su habitación por las escaleras de la cocina y corrió entre las sombras por el jardín hasta llegar a la habitación de Roman en donde lo encontró tumbado en el sofá azul que estaba debajo de la ventana por la que ella estaba accediendo.

Él abrió los ojos con pesadez y le sonrió a medias.

Balbuceaba palabras y Brie no estaba entendiendo qué ocurría con él.

Era tanto el deseo de verlo y de estar de nuevo entre sus brazos que ya se ocuparía luego de averiguar que le ocurría.

Quería besarlo, acariciarlo. Dejarse explorar por él. Pero en cuanto la besó y la acidez de su saliva mezclada con el sabor del licor alcanzó sus papilas gustativas, se separó de él y se levantó de un salto del sofá. Estaba a punto de vomitar.

—¿Qué pasa cariño? —Roman arrastraba las palabras, casi no podía mantenerse en pie y Brie no sabía qué hacer.

Recordó entonces una vez que su padre estaba en ese estado y su madre lo duchó, lo metió en la cama y al día siguiente, todo había pasado.

Quizá Stella solo estaba siendo un poco exagerada y Roman no estaba entregado a la bebida.

No sabía cómo sentirse porque él no era el mismo, pero esperaba que a pesar de su falta de comunicación y del tiempo que tenían sin verse aun existiera amor entre ellos. Por lo menos de su parte estaba segura que existía. Y eso la motivaba a ayudarlo a salir de ese estado en el que estaba.

—Vamos al baño.

Él solo asintió y se enganchó a ella.

Brie pensó que tendría que ducharse luego porque sentía que ella también apestaba a alcohol. ¿Cómo llegó a caer en ese estado? Siempre había sido rebelde pero ¿qué lo llevó hasta ahí?

Le ayudó a desvestirse y él la veía con esfuerzo porque a momentos se le cerraban los ojos. Como pudo, lo duchó con rapidez y lo llevó a la cama. Sentía que estaba agotada del esfuerzo. Él cayó como un roble en el colchón y parecía que no se iba a mover de ahí en toda la noche.

Entonces ella aprovechó para ducharse rápido y se colocó una camiseta vieja de él porque la suya estaba mojada e impregnada del olor nauseabundo de Roman.

Se acostó a su lado y le dio un beso en la mejilla.

—Te amo.

—Y yo a ti —balbuceó él al tiempo que la atrapaba entre sus brazos y la acoplaba a su cuerpo para dormir con ella como si se tratara de un oso de peluche.

Sería un problema librarse de él luego, ella lo sabía pero estaba tan a gusto ahí que le parecía que podía disfrutar de aquel momento un poco más.

No contaba con que las redes del sueño la atraparían con mayor intensidad con la que lo hacía el amor de su vida.

 

***

 

—¡Dile que baje ahora mismo porque si no voy yo y la hago bajar obligada!

—¡Por Dios, William! Deja el drama que no están haciendo nada que tú no hayas hecho antes a su edad —Mary Joe hablaba entre dientes indignada.

—Ya envié a buscarla —Stella se mostraba apenada—. No sabía que estaba aquí. Me he enterado cuando abrí la puerta esta mañana y los vi durmiendo.

—¡¿Y no nos avisaste?! ¡Es que puedo demandarte y al llevarlo a la cárcel! —William estaba realmente enfurecido—. ¡Con un demonio! ¡Este no es el futuro que quiero para mi hija!

Stella bajó la cabeza y una lágrima se escapó de sus ojos.

—Lo siento, Stella, Willi está hablando así por la ira luego…

—¡No te metas en esto, Mary Joe! ¡No la defiendas!

Brie bajó las escaleras con rapidez, aterrada por los gritos de su padre, nunca lo había escuchado así.

Roman quiso bajar con ella pero le suplicó que se quedara en la habitación.

Pero él tenía sed y no se quedaría a ver como el padre de ella seguía gritando en su propia casa.

Iba sin camiseta, en shorts y con el cabello despeinado. Ella llevaba los vaqueros de la noche anterior y la camiseta vieja de él.

La mirada de su padre le dolió en el alma.

La estaba juzgando de mala manera.

—Nos queremos, papá, estamos enamorados.

Brie se dio la vuelta para buscar a Roman y este salía de la cocina con una cerveza en la mano.

—Roman, por favor, deja de beber —le suplicó.

—¿Esto es lo que quieres para tu futuro, Bridget? ¿Un alcohólico? ¡Es una mala semilla y de seguro, acabarás como su madre!

—¡William! —Stella levantó la voz por primera vez—. Te pido por favor que moderes tus palabras.

Roman lo veía enfurecido y para hacerlo molestar más, le pasó el brazo por los hombros a Brie y esta lo vio con cara de pocos amigos.

No entendía su actitud infantil.

—No empeores las cosas, por favor.

—Te amo, Bridget. No te voy a dejar ir, punto —bebió un sorbo de su cerveza.

—¿Esto es lo que quieres para ti? ¿Para eso te has esforzado tanto? —William veía a su hija con seriedad y Brie empezó a dudar de lo que en realidad quería al ver la sonrisita burlona de Roman y la botella ya vacía en su mano—. ¿Sabes qué va a pasar si en la universidad se enteran del comportamiento de tu novio? ¡Nada más imagina que se presente así en tu facultad, Bridget!

Brie lo vio.

—¿Por qué no me dijiste que fuiste aceptada?

—No hemos tenido tiempo, Roman, no hemos coincidido al teléfono y es una noticia reciente. Tu abuela me dijo que vendrías pronto y preferí guardarla para decírtela en persona. Pero ayer no pude hacerlo. Estabas borracho. Hoy sigues bebiendo. ¿Qué está pasando contigo?

—Ay, nena, por Dios, no me vengas con lo mismo de mi abuela y el problema con la bebida. No tengo nada. ¿Ok?

William bufó y Roman lo vio con ojos llenos de ira.

Brie sintió en ese momento que estaba ante un perfecto desconocido.

En dónde estaba el Roman del que se había enamorado con locura.

Su corazón se resquebrajó. Lo vio a los ojos y él evadió su mirada.

—¡Andando a casa! ¡No tenemos más nada que hacer aquí! —anunció William.

Bridget vio a Stella, esta estaba haciendo un esfuerzo tremendo por no echarse a llorar.

—Tu padre tiene razón, Brie. Quizá Roman no es lo que más te conviene.

Roman vio con sorpresa a su abuela y observó cómo William se fortalecía. Mary Joe solo presenciaba la escena angustiada por su hija porque sabía que esto le iba a doler mucho. Ella estaba muy enamorada de ese muchacho.

Bridget sintió que caía en un pozo profundo y oscuro.

Quizá su padre sí tenía razón teniendo en cuenta que la propia Stella le aconsejaba lo mismo que él. Era su nieto, ¿por qué no se ponía de su parte?

Sintió ganas de llorar.

—Brie, no te marches, vamos a hablar.

—Roman, déjala, ella va a empezar un nuevo camino y tú tienes que recuperarte de esto en lo que te metiste.

—Brie —Roman sintió un nudo en la garganta, ¿estaba perdiendo a la chica de sus sueños? Sintió miedo—. Te lo suplico, vamos a hablar.

Brie se acercó y le dio un beso en la mejilla.

Roman sintió que una parte de él se hacía polvo.

¿Era un adiós?

Tomó el rostro de ella entre sus manos.

—Brie —la voz le temblaba. Ella estaba haciendo un esfuerzo por parecer dura—. Sé que esto no es lo que quieres. Yo tampoco. Te amo, no te vayas.

Bridget respiró profundo y le sonrió a medias mientras retiraba las manos de él de su rostro.

—Lo siento, Roman. De verdad. Lo siento —fue lo último que le dijo antes de salir corriendo a su casa sin ver hacia atrás.

Estaba dividida en su interior. Una parte de ella le decía que estaba haciendo lo correcto. La otra estaba dispuesta a no hablarle nunca más por no haber tenido la valentía de defender el amor entre ellos. Pero el comportamiento de él solo le daba la razón a su lado coherente que compartía opinión con Stella y su padre.

¿Qué futuro tenía ella junto a él si ni siquiera admitía que tenía un problema?

Solo los años le dejarían saber si su decisión fue la correcta o no.

Compartir en las redes:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *